El texto evangélico nos narra dos apariciones de Cristo resucitado. La primera, a todos sus apóstoles, excepto Tomás; la segunda, estando Tomás presente. Jesús les muestra las heridas de sus manos y de su costado abierto, y les concede el Espíritu Santo, para indicarnos que de sus heridas sale el don del Espíritu, que es Amor y Misericordia. Ya había dicho el profeta Isaías: “De su corazón brotarán ríos de agua viva”. Jesús, el Señor de la Misericordia, quiere vida y libertad para todos.
Nos cuenta un preso español: “Los catequistas nos visitaban, diciéndonos que el Señor nos libraría de nuestras esclavitudes. Yo decía: es puro cuento. Ellos se regresan a su casa, y yo me quedo aquí encerrado… Mi deseo era salir de la cárcel y seguir vendiendo droga. Yo era un ser que daba asco… Pero el Señor me atrapó; sabía que yo tenía necesidad de Él. Un día, sin saber ni cómo, me acerqué a confesar. En aquella confesión sentí cómo Dios me perdonaba tanto mal que he hecho a la pobre gente: robos, la droga que vendí a chavales inocentes… Vi que Dios no me condenaba, sino que me amaba por pura misericordia. Cuando regresé a mi celda, abrí la Biblia al azar y la lectura decía: ¡Lázaro, sal fuera! Sentí que ese Lázaro que estaba en el sepulcro era yo; el Señor me devolvía la vida”.
P. Eduardo Rivera, SSP |