¡Cállate y sal de él!
 
Entró a la sinagoga y se puso a enseñar. La escena del Evangelio de este domingo se desarrolla en la sinagoga de Cafarnaúm, y en ella distinguimos dos momentos: el impacto que causaba en la gente la forma de enseñar de Jesús; y la curación de un endemoniado.

Marcos se sirve de un relato de exorcismo para presentar el inicio de la actividad pública de Jesús y, al mismo tiempo, para indicar la novedad de la enseñanza del Reino de Dios. Jesús entra en la sinagoga el día sábado y toma la palabra.

Jesús les enseñaba “con autoridad”.

Desde su primera enseñanza, brilla en Jesús una sabiduría inédita. Su doctrina es expuesta con “autoridad”, propia y personal, que convence. Esa sabiduría le viene del Espíritu de Dios, recibido en su bautismo en el Jordán. Habla con tanta persuasión que su buena fama corre por toda la comarca. Hay una autoridad que viene del carisma y otra autoridad que viene por el poder. Jesús optó por la primera. El poder se da o se quita “por dedazo”, o por los votos, pero la autoridad moral se gana a pulso, se merece y se goza. Éste era el punto fuerte de Jesús. La autoridad moral no se atribuye poderes, habla hasta con el silencio.

Éste fue el estilo de Jesús y debe ser el del cristiano y la Iglesia. “¡Cállate y sal de él!”: san Marcos, además de mostrar a Jesús como Maestro, lo presenta lleno de “poder” que el Espíritu Santo le ha comunicado.

Todos quedaron estupefactos. Esta admiración hacia el nuevo Maestro es por el hecho de que Jesús no transmitía enseñanzas tradicionales sólo repetidas, como lo hacían los maestros en Israel, sino que su enseñanza era “doctrina nueva y enseñada con autoridad”.
 
 
 
  Legales / Ediciones Paulinas S.A. de C.V. / México 2007