¿Pablo vs. Santiago? La gracia y el mérito de las buenas obras
Autor: P. Danilo Antonio Medina L., ssp

Con mucha frecuencia pensamos que las enseñanzas de san Pablo sobre la gratuidad de la salvación y el valor prioritario de la fe en Cristo, resultan irreconciliables con la insistencia de la Carta de Santiago acerca de la importancia de las buenas obras en la vida cristiana. En realidad, la supuesta contradicción entre los dos autores del Nuevo Testamento es sólo aparente, y fruto de una inadecuada interpretación de los textos bíblicos. A partir de una cuidadosa lectura de Pablo y de Santiago, no es tan difícil descubrir que son mucho más concordantes y complementarios de cuanto nos imaginamos.


Supremacía de la gracia y de la fe
Cuando Pablo escribe sus cartas, especialmente Gálatas y Romanos, que son las cartas donde afronta y desarrolla el tema fundamental de la justificación gratuita por la fe en Cristo Jesús (cfr. Gál 1, 16-21; Rm 1, 16-18), existía una fuerte controversia provocada por los llamados “judaizantes”, quienes aseguraban que el evangelio cristiano debía incluir la prescripción de la circuncisión y el cumplimiento de toda la Ley de Moisés; es decir, que para ser cristianos primero había que hacerse judío. El Apóstol de los gentiles, en cambio, estaba firmemente convencido de la absoluta novedad de la propuesta cristiana respecto de la tradición judía, y sostenía que para ser cristiano ya no era necesario someterse al rito de la circuncisión ni al cumplimiento riguroso de la Ley: bastan la fe en Cristo Jesús, muerto y resucitado; el bautismo, y un consecuente proceso de conversión continua.

En realidad, la controversia ya había sido afrontada en el famoso primer concilio o asamblea de Jerusalén, hacia el año 49 d. C., donde se había reconocido la libertad del evangelio cristiano respecto de las prescripciones legales y cúlticas del pueblo judío (cfr. Hch 15, 1-35). Sin embargo, en la práctica persistía una cierta dependencia de la tradición judía por parte de los cristianos que provenían de dicha tradición, entre ellos los mismos apóstoles.

En todo caso para Pablo el tema de la gracia, antes que hacer parte fundamental de su enseñanza y de su doctrina teológica, fue una experiencia, y no cualquier experiencia, sino la experiencia fundamental capaz de darle un vuelco radical a su existencia. El acontecimiento de “conversión” en el camino de Damasco, había representado aquella singular experiencia de la gratuidad del amor de Dios manifestado en Cristo. Mientras va camino de Damasco, Pablo no lleva ante Jesús ningún mérito que pueda exhibir para reclamar un premio: todo lo contrario, iba persiguiendo al Señor en la persona de sus discípulos, por eso su vocación de apóstol de los gentiles fue la prueba más grande del amor gratuito de Dios por él (cfr. Hch 9, 15).

Como buen fariseo, Pablo iba férreamente convencido de que la justificación-salvación es la recompensa de Dios al cumplimiento riguroso de la Ley por parte de la persona humana; en definitiva, lo que obtiene la salvación, en la perspectiva farisaica, más que la bondad de Dios, es la bondad que logre demostrar la persona humana. En la medida en que cumpla rigurosamente las obras de la Ley de Moisés, la persona puede esperar la salvación. En esa perspectiva, la salvación viene como justa retribución al cumplimiento de los preceptos de la Ley. Pero en su encuentro con Cristo, camino de Damasco, Pablo empieza a comprender por propia experiencia que esa ecuación no funciona; que en el plano de Dios y en la óptica de la fe “todo es gracia”; que nunca alcanzaríamos a reunir los “méritos” suficientes para poder luego reclamar a Dios el “premio” de la salvación.

La salvación es, pues, un don gratuito, un regalo que se acepta o se rechaza, pero no una recompensa conquistada a fuerza de méritos humanos. Los méritos que el hombre pueda vivir son simplemente el modo de corresponder a la gratuidad del amor de Dios; las buenas obras –de la caridad, antes que de la Ley– son la respuesta humana a la acción de Dios. La “gratuidad” de la salvación que Dios ofrece generosamente al ser humano, debe provocar en él como respuesta la “gratitud”, en términos de conversión, caridad, justicia, santificación.

El fruto de la experiencia de gratuidad en el camino de Damasco fue para Pablo el inicio de una vida nueva; y de una nueva comprensión del misterio de Dios y de la salvación. Ya no son las obras de la Ley las que hacen justo al ser humano, es Dios y su infinita bondad lo que produce la salvación. El hombre puede acogerla, recibirla, disfrutarla, pero jamás alcanzaría a merecerla.

“Para Pablo, la gracia es el compendio de la acción salvífica y universal de Dios en Jesucristo”; por eso es un concepto muy presente en sus cartas y a la vez una clave fundamental para poder interpretar y comprender la doctrina paulina (y cristiana en general) acerca de la salvación. Efectivamente, la salvación es un misterio de gracia (contrapuesto a la antigua concepción farisaica que hacía depender la salvación del cumplimiento de la Ley). La más grande lección de gratuidad la encontramos en el misterio pascual de Cristo, pues en su muerte y resurrección se demuestra el colmo del amor gratuito de Dios. Por eso, el bautismo cristiano, en la medida en que nos injerta en el misterio pascual de Cristo, hace posible que inicie el camino de la gracia en nosotros.


Importancia de las obras como frutos de la fe
En una perspectiva complementaria, aunque lógicamente diversa, la Carta de Santiago insiste en la importancia que tienen las obras de misericordia, de justicia y de caridad, como frutos de la fe verdadera y signos de su autenticidad; sin embargo, su énfasis en la práctica de las obras de ninguna manera desconoce ni se opone al valor primordial de la fe, todo lo contrario, lo supone. Además, no se puede perder de vista que los destinatarios de esta carta son comunidades judeo-cristianas, es decir, cristianos de origen judío, y por lo tanto influenciados por la mentalidad y las tradiciones de dicho pueblo.

Por otra parte, los cinco capítulos que conforman esta carta, recogen exhortaciones muy prácticas que buscan enfatizar la coherencia que debe haber entre la fe que se profesa y las actitudes y comportamientos de la vida cotidiana. Sobre todo en la segunda parte del capítulo 2, conservando el tono profético de la denuncia, recuerda que la fe es el fundamento de la moral cristiana por lo que las obras de justicia y de caridad son la prueba de la auténtica fe, hasta el punto que “la fe que no se demuestra en la manera de actuar está completamente muerta” (Sant 2, 17). Se trata de un elocuente apelo a dar dinamismo y valor práctico a nuestra vida de creyentes, para que nuestra religión no se quede en simple palabrería y formalismos, sino que se manifieste operativa y eficazmente en la justicia, la caridad y la solidaridad fraterna, pues: “La religión verdadera delante de Dios, nuestro Padre, consiste en esto: visitar a los huérfanos y a las viudas que necesitan ayuda y guardarse de la corrupción de este mundo” (Sant 1, 27).

Desde esta perspectiva, resulta fácil de comprender la insistencia de Santiago en el valor de las obras, en la medida en que sólo a través de ellas se puede comprobar la veracidad de cuanto se profesa de palabra, pues a decir del mismo Jesús: “No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 7, 21), y a renglón seguido propone la parábola del hombre prudente que construye sobre roca firme, en contraposición al hombre necio que edifica sobre arena, precisamente para enfatizar la necesidad de demostrar la fe y el discipulado en lo concreto y verificable de la conducta práctica. Al fin y al cabo, la misma sabiduría popular nos lo enseña en el refrán: “Obras son amores, que no buenas razones”.


La gratuidad de la fe y el mérito de las obras
Como creo que ya ha quedado suficientemente insinuado, en realidad no existe contradicción alguna entre Pablo y Santiago, más bien una muy saludable y conveniente complementariedad: son las dos caras de una misma medalla. La vida cristiana es mística y también ascética. La dimensión mística pone el énfasis en la primacía de la gracia y de la acción de Dios, mientras que el aspecto ascético se refiere particularmente al esfuerzo humano. Si bien la iniciativa primera y fundamental es de Dios, también la respuesta humana es importante y necesaria.

Pablo, por las circunstancias de sus destinatarios y por su propia experiencia, pone de relieve esta iniciativa gratuita de Dios en la salvación, pero no desconoce ni desprecia el valor de la necesaria respuesta humana. Santiago, por su parte, atendiendo a sus respectivos destinatarios y lectores, exhorta a no olvidar cuán importante es corresponder al don de la fe, con las buenas obras de caridad, de misericordia y de justicia, que sirven de garantía de autenticidad de dicha fe, pero él también respeta y da por supuesto el primerísimo lugar que le corresponde a Dios en la vida cristiana, pues, por ejemplo, “no es posible creer en nuestro Señor Jesucristo glorificado y luego hacer discriminación de personas” (Sant 2, 1).

Un texto paulino que puede servirnos de conclusión integradora de cuanto venimos afirmando, lo encontramos en Efesios 2, 1-10, que dada su riqueza y elocuencia en orden a nuestro argumento, vemos necesario transcribirlo todo:

En cuanto a ustedes, estaban muertos a causa de sus delitos y pecados. Eran tiempos en que seguían las corrientes de este mundo, sometidos al príncipe de las potestades maléficas, ese espíritu que continúa eficazmente su obra entre los rebeldes a Dios. Y entre éstos estábamos también todos nosotros, los que en otro tiempo hemos vivido bajo el dominio de nuestros apetitos desordenados, dejándonos llevar de esos deseos desordenados y de las malas intenciones, y estando, como los demás, destinados a la ira divina por nuestra condición.

Pero Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con Cristo –¡por pura gracia han sido salvados!–, nos resucitó y nos sentó junto a Cristo Jesús en el cielo. De este modo quiso mostrar a los siglos venideros la inmensa riqueza de su gracia, por la bondad que nos manifiesta en Cristo Jesús. Por la gracia, en efecto, han sido salvados mediante la fe; y esto no es algo que venga de ustedes, sino que es un don de Dios; no viene de las obras, para que nadie pueda enorgullecerse. Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para realizar las buenas obras que Dios nos señaló de antemano como norma de conducta.

Con estas expresiones, la tradición paulina confirma la enseñanza acerca de la gratuidad de la salvación por la fe en Cristo, y no por el cumplimiento riguroso de la Ley de Moisés, pero al mismo tiempo reconoce la necesidad de producir aquellas buenas obras que Dios quiere que produzcamos. De esta manera, podríamos decir que somos salvados por la fe y no por las obras, pero sí para realizar las buenas obras de la caridad, que hace operativa dicha fe, según la misma enseñanza del Apóstol cuando afirma: “Porque en cuanto seguidores de Cristo, lo mismo da estar circuncidados que no estarlo; lo que cuenta es la fe que actúa por medio del amor” (Gál 5, 6).

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