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11 NOV

“Cuidar de la tierra, cuidar de los pobres”

El “grito de la tierra” y “la voz de los pobres” reclaman hoy un verdadero acto de hermandad, un acto espléndidamente humano. Para ello es necesario hacer un verdadero “acto de conciencia” para conocer sus causas y comportarnos en consecuencia.
“Cuidar de la tierra, cuidar de los pobres”

Autor: Pbro. Rafael Espino | Fuente: Kénosis

“No hay ecología sin justicia social”, así podríamos encuadrar la idea de que no hay dos crisis, una humana y otra ambiental, sino una sola (la crisis socioambiental), como aseguró el Papa Francisco en su encíclica Laudato si', publicada en el año 2015.

Y es que, en efecto, al hablar de una ecología integral que muestre que “todo está conectado y que la degradación del ser humano implica la degradación de la naturaleza” (Laudato si', n. 118), nos lleva a descubrir el origen de la creciente escasez de recursos naturales, el radical cambio climático y la pérdida de biodiversidad, los cuales están íntimamente vinculados a fenómenos sociales como la migración forzada, el aumento de la disparidad económica, el hambre y la pobreza.

Esta gravosa situación tiene vías de solución, pero su costo y aplicación son verdaderamente desafiantes, principalmente en términos de relaciones y desarrollo, ya que hemos de comprender que en dicho embrollo se advierte una íntima conexión entre crisis de la tierra y la marginación de los que tienen menos recursos y menos oportunidades de crecimiento. Es decir, que para una efectiva escucha del “grito de la tierra”, tal como escuchamos hoy día en numerosas proclamas públicas, debemos “dar voz” a aquellos que son las primeras víctimas de la crisis ambiental: los pobres. Aquellas personas que están privadas de los derechos humanos básicos y que son las inmediatas víctimas de la “economía del descarte” a la que el Papa Francisco continuamente llama a combatir.

Un llamado a la fraternidad

Es fácil observar que la crisis de nuestra “casa común” afecta, especialmente, a los pequeños y débiles que viven al “sur del mundo”, donde la sequía y el aumento de las temperaturas han causado la muerte de cientos de hectáreas de tierra fértil, creando nuevos desiertos y forzadas migraciones humanas.

Esta realidad representa un problema no solo ambiental, sino también “fraternal”. Porque a la base de todas las interconexiones del ser humano (consigo mismo, con el mundo, con el Creador) anida “la filiación”, el hecho de que todos somos hijos de un solo Padre y que hemos de caminar hacia el encuentro común. Sí, porque, tal como el Papa Francisco lo ha señalado en repetidas ocasiones: los pobres no son “seres ajenos”, ellos son nuestros hermanos y merecen nuestra total atención; ellos comparten nuestra misma naturaleza y nuestro fin: la gloria en Cristo. Por tanto, urge reaccionar ante “la cultura del descarte”  con la “cultura del encuentro”. Porque la efectiva integración interpersonal presupone una actitud receptora, una plena disponibilidad de donación, un mutuo entendimiento e interrelación.

Cuidar de la tierra, cuidar de los pobres

Nadie puede ignorar que el “problema” de los pobres es una realidad que también concierne a aquellos que, afortunadamente, sea por mérito o no, están exentos de una crisis de supervivencia. Pero, ¿en qué medida les atañe? No por el deseo o necesidad de adherirse a un discurso filantrópico, o por conductas que están a la moda, sino porque la comunidad de origen y de destino a la que pertenecemos es la misma (la humanidad), y porque el lugar en el cual radicamos (la tierra) es la “casa común” que hemos de proteger para garantizarnos un alojamiento seguro en el futuro.

En efecto, el “grito de la tierra” y “la voz de los pobres” reclaman hoy un verdadero acto de hermandad, un acto espléndidamente humano, que es significativo en términos sociales y teológicos; y para ello hay un camino que todos podemos comenzar a recorrer sin excepción: efectuando “un acto de conciencia”; es decir, con la puesta en práctica de la introspección y el análisis que nos haga preguntarnos cómo es que la humanidad ha llegado hasta aquí, lo cual deviene, luego, en la plena responsabilidad.

Cuando hablo de un “verdadero acto de conciencia” me alejo de un uso coloquial del concepto, dado que se trata de un serio examen –personal y comunitario–, de un “ejercicio crítico” (del griego “kritikós”, que se refiere a la capacidad de discernir) frente a la necesidad de trabajar para una contracción de los excesos, para evitar el embrollo del sobreconsumo, para superar la atenuada brecha entre ricos y pobres, que es tan actual y está, incluso, al origen de grandes problemas político-sociales como la migración, la esclavitud, el mercantilismo, y hasta los dramas de la obesidad, el estrés, la falta de autoestima y otras enfermedades que se han originado en los últimos años.

A decir verdad, el verdadero cambio requiere del compromiso de todos. Y las consecuencias, si así lo hacemos, serán globales. Se trata, como ya lo he dicho, de un “compromiso en conciencia” que, por su misma lógica, deriva en actos que van desde lo más simple a lo más complejo, como: separar la basura, ahorrar y cuidar el agua, vigilar nuestras compras (nuestro consumo), informarnos (¿Informarnos? Sí, porque la conciencia se logra con información), participar en actos comunitarios, implicarnos en la actividad política, etc.

No frenaremos, ciertamente, todas las complejidades de nuestro mundo con la sola introspección y los actos responsables que podamos poner en práctica, pero mucho abonaremos en la escucha del “grito de los pobres” y el “cuidado de nuestra casa común”; realidades de las que hemos de conocer sus causas y comportarnos en consecuencia.


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