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03 FEB

"Domingo de la Palabra de Dios"

Compartir la “riqueza salvífica” de la Sagrada Escritura

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El Papa Francisco, mediante la carta apostólica Aperuit illis, instituyó el tercer Domingo del Tiempo Ordinario, que normalmente cae en la segunda quincena de enero, como el Domingo de la Palabra de Dios. Su objetivo es impulsar mucho más el aprecio por la Sagrada Escritura en la comunidad eclesial.

Desde antes del Concilio Vaticano II (1962-65), el “Movimiento Bíblico” promovió su valoración entre los católicos, lo que se plasmó en la Constitución “Dei Verbum” del mismo Concilio. A partir de entonces, el estudio, la oración y la predicación de la Palabra de Dios se incentivó por todas partes. Hay muchísimas iniciativas al respecto en todo el mundo. A pesar de ello, todavía hay muchos católicos que, si tienen en casa un ejemplar de la Santa Biblia, como es el caso ya de la mayoría, nunca dedican tiempo a leerla y meditarla.

El Concilio, en la Constitución “Sacrosanctum Concilium” sobre la sagrada Liturgia, ordenó una redistribución de las lecturas bíblicas en la Misa y en los demás sacramentos, para que los fieles disfrutaran más este sagrado alimento. Por ello, en los domingos, durante tres años, se escuchan en la Misa los más importantes textos de toda la Biblia. Además, en la Misa entre semana, cada año se proclaman los cuatro evangelios y, cada dos años, en la primera lectura, se alternan los textos más significativos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Y quien ora con la Liturgia de las Horas, en una distribución de dos años, goza de la mayor parte de la Sagrada Escritura. ¡Lástima que muchos sacerdotes no disfruten esta riqueza del Oficio Divino! Lo hacen mejor varios laicos y bastantes religiosas.

Desde que San Jerónimo, en el siglo IV, hizo la primera traducción de la Biblia desde los originales arameo, hebreo y griego al latín, que era el idioma popular de los territorios dependientes del imperio romano, no se hicieron versiones a los otros idiomas vernáculos, hasta que Lutero la hizo al alemán. Los hermanos protestantes, al rechazar casi todos los sacramentos, se centraron totalmente en la Sagrada Escritura, y durante mucho tiempo se nos adelantaron en darle toda su importancia. Por ejemplo, tenemos traducciones protestantes de la Biblia en casi todos los idiomas indígenas no sólo de México, sino de toda América Latina, que es lo que conozco. No hay traducciones católicas al náhuatl, idioma que habló la Virgen de Guadalupe y que hablan casi dos millones de mexicanos, pero hay seis versiones protestantes, según las variantes regionales. ¡Qué vergüenza! Traducciones católicas a idiomas indígenas aprobadas por la Conferencia Episcopal sólo hay una en tseltal de Bachajón y dos en tsotsil de Chiapas, más el Nuevo Testamento en maya. En los más de 60 idiomas originales que tenemos, los católicos usan versiones protestantes, muchas con términos tendenciosamente anticatólicos y no fieles a los textos originales. ¡Cuánto nos falta para que la Palabra de Dios llegue en su idioma a los pueblos originarios!

Tan poca era la atención que muchos católicos le daban a la Biblia, que algunos llegaron a pensar que tenerla y leerla era señal de ser protestante. Como el presidente municipal de un municipio muy tradicionalista de Chiapas, que me puso como condición para que yo pudiera entrar al templo parroquial y para que la diócesis pudiera desarrollar su pastoral normal, que no usáramos la Biblia, porque decía que eso era protestante; que sólo podíamos usar el Catecismo… Después de un proceso para recuperar su confianza, hoy se usa como en todas partes y en la Misa se proclama en su idioma tsotsil, sin problema.

PENSAR

Entre otras cosas, el Papa Francisco dice en su Carta:

“La relación entre el Resucitado, la comunidad de creyentes y la Sagrada Escritura es intensamente vital para nuestra identidad… Sin la Sagrada Escritura, los acontecimientos de la misión de Jesús y de su Iglesia en el mundo permanecen indescifrables. San Jerónimo escribió con verdad: «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo».

 La Biblia no puede ser sólo patrimonio de algunos, y mucho menos una colección de libros para unos pocos privilegiados… La Biblia es el libro del pueblo del Señor que, al escucharlo, pasa de la dispersión y la división a la unidad. La Palabra de Dios une a los creyentes y los convierte en un solo pueblo… La Biblia no es una colección de libros de historia, ni de crónicas, sino que está totalmente dirigida a la salvación integral de la persona”.

 En su homilía para este domingo, dijo:

 “El Señor te da su Palabra, para que puedas aceptarla como la carta de amor que escribió para ti, para hacerte sentir que está a tu lado. Su Palabra nos consuela y nos anima. Al mismo tiempo, provoca la conversión, nos sacude, nos libera de la parálisis del egoísmo. Porque su Palabra tiene este poder: cambia la vida, hace pasar de la oscuridad a la luz. Por eso necesitamos su Palabra: en medio de tantas palabras diarias, necesitamos escuchar esa Palabra que no nos habla de cosas, sino de vida.

Hagamos espacio a la Palabra de Dios. Leamos algún versículo de la Biblia cada día. Comencemos por el Evangelio; mantengámoslo abierto en casa, en la mesita de noche, llevémoslo en nuestro bolsillo, veámoslo en la pantalla del teléfono, dejemos que nos inspire diariamente. Descubriremos que Dios está cerca de nosotros, que ilumina nuestra oscuridad, que nos guía con amor a lo largo de nuestra vida”.

ACTUAR

Demos, pues, la debida importancia a la Palabra de Dios, tanto en la vida personal y en la pastoral ordinaria, como en la educación familiar. Y que los modernos medios de comunicación se utilicen más para compartir su gran riqueza salvífica.

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