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15 ABR

El mal no está para ser explicado, sino para enfrentarlo y remediarlo

Reflexiones en torno a la Pandemia del “Corona Virus”.

Autor: Octavio Mondragón Alanís
Fuente: Revista Vida Pastoral 

El hombre, nacido de mujer, corto de días y harto de inquietudes, como flor se abre y se marchita, huye como la sombra sin pararse; se consume como una cosa podrida, como vestido roído por la polilla. Job 14,1ss

1. Introducción

Dijo Job, en una serie de diálogos con sus amigos: Elifaz de Teman, Bildad de Suj y Sofar de Naamat quienes fueron a consolarlo en su desgracia total (había perdido propiedades, negocios, sus hijos, y la salud). Todo había sido arramblado en un abrir y cerrar de ojos; el futuro se cerraba de la peor manera haciendo del presente una pesadilla insistente.

Desde muy joven, la primera vez que leí este texto, me dejó marcado para siempre en el lado norte de la emoción, en el sur del pensamiento, en el oriente de la búsqueda y en el poniente de la decisión.

Las metáforas que maneja, el teólogo anónimo del disenso que fue el creador del libro de Job, me ofrecieron un recorte diáfano de la existencia humana y, por ello, también de mi ineludible existir. No sé cuál de las tres metáforas me puede más, pero lo cierto es que la terna puede ser leída, asumida, apropiada en un movimiento circular que pareciera no tener un punto donde hacer pie. Sin embargo, en muchos momentos de mi existencia me ha sido fundamental para abordar a tientas la paradoja que encierra.

Siempre me ha parecido sublime que este teólogo, ante la desgracia y el mal inexplicable que merodea por todos los rincones de la vida humana, haya sido capaz de darles un rostro inconfundible: el de la poesía.

Cualquiera podría decir en algún momento después de haber leído estos enormes versos poéticos que se trata de una doble pérdida de tiempo porque aún el mismo poeta, a tono con sus metáforas, huye como la sombra sin pararse. Sus palabras se desvanecen en un intento casi inútil o desproporcionado ante lo contundente de la metáfora: como flor se abre y se marchita.

Y, sin embargo, desde los primeros lectores de hace más de 2400 años, hasta los actuales, han logrado mantener su trascendencia. Paradoja imposible de soslayar, el que expresa poéticamente su fragilidad, se ha vuelto trascendente; por encima de los muchos años, sigue vivo y vigente en su decir poético. Cada lector atento que se deja envolver por las metáforas se reconoce irrecusablemente en sus palabras y les otorga así una validez actual.

Por supuesto que el mal inexplicable y las desgracias que merodean por todos los rincones del mundo sigue patentes, más en nuestros días; sin embargo, más terrible sería, ante ese espectro, que la poesía hubiese desaparecido de nuestra imaginación y de nuestras manos creativas.

Estos versos no pertenecen al género literario de la lamentación o de la endecha cuando se llora con tristeza la muerte de un ser humano como pérdida irrecuperable; pertenecen al género sapiencial de los Meshalim, es decir, frases cortas cuajadas de sabiduría. La sabiduría es una pasión sublime que barrunta los límites aparentes de lo real para tocar con sus dedos creativos las riberas de lo infinito donde tienen asiento las últimas certezas.

Los más cierto es que todos los seres humanos sin distinción somos capaces de ello, otra cosa muy diferente es que cada uno de nosotros lo hayamos conquistado como herencia y gozo de lo humano que nos habita.

2. La cuestión del Lenguaje

¿De qué forma aferramos lo infinito dentro de lo real y con qué tipo de lenguaje lo expresamos socialmente? Desde hace años un viejo poeta me descubrió el secreto de lo que estaba en juego en la poesía:

Durante periodos, más o menos largos, de silencio y de paciencia, no puedo hacer ni hago otra cosa que almacenar datos de experiencia y liberar circuitos de captación, hasta que, sin previo aviso, un cruce fortuito de imágenes, de palabras, de acontecimientos, desencadena todo el proceso en que toman parte la emoción, el sentimiento, las ideas, el ritmo de la expresión, alargándose en una secuencia que parece trabarse por sí misma, aunque el espíritu se halla tenso y activo vigilando y dirigiendo, de alguna manera, todo el desarrollo.[1]

Para la mayoría de nosotros es obvio que nuestro mundo social está plagado de información de primera mano, la tecnología ha puesto en nuestras manos la inmediatez que supera tiempos y distancias. Se ha multiplicado de forma exponencial todo tipo de discursos que se han adueñado, sin licencia explícita, de los enormes medios masivos de comunicación social. Es fascinante y al mismo tiempo espantoso el enorme número de datos que circulan sin cesar a través de las redes.

Y, sin embargo, el lenguaje informativo capitaneado por las agencias de noticias de todos los países tiene una nota común, como todos los productos del mercado: tiene una indeleble fecha de caducidad. No son de corto alcance, sino de corta duración. Desaparecen casi con la misma velocidad con que aparecieron. Este es el tipo de lenguaje social que domina a lo largo y ancho de nuestra atención. A momentos parece que esta información es más corta que un suspiro donde hace nido la nostalgia y deja su indeleble huella en la conciencia de vivir.

En esta desenfrenada aceleración de las palabras no queda tiempo alguno para el silencio y la paciencia de dejar que los dedos mágicos de la realidad vayan marcando nuestras percepciones para que crezcan como descubrimiento de lo que está un poco o un mucho más allá de la superficie informativa.

Es cierto que en los periódicos impresos existen los momentos analíticos como son las editoriales que cada vez tienen menos visitantes; este filón analítico me parece fundamental porque abre espacios al diálogo social y genera pensamiento y acicatea la libertad para tomar decisiones consecuentes. Lo mismo sucede con las revistas especializadas en diversas temáticas de la realidad actual la mayor parte de las cuales se enfrenta a problemas económicos porque son cada vez menos los suscriptores de las mismas.

Me imagino que cada uno de nosotros estamos convencidos de que el lenguaje personal más que una corriente informativo experiencial, es la versión que nos revela ante los otros en un juego de descubrimiento mutuo que causa un gozo fundamental. Implica un dinamismo básico de encuentro que se despliega en el escuchar y en el hablar; donde no son inmediatamente las palabras que van y vienen, sino que tras ellas se engarzan las experiencias vitales compartidas a modo de una comunidad de relato que mantiene viva la memoria de lo inolvidable. El tono que enmarca este acontecimiento social es el de la gratuidad, a nadie que cultive esta atmosfera vital se le ocurre cobrar o pagar, con lo cual se instala una lógica contrapuesta al mercantilismo y consumismo comunes, dando pie, al menos inicial, a un proceso sapiencial compartido.

De este dinamismo está forrada la amistad, los grandes e inolvidables amigos, que sentados a la vera del camino de la vida comparten las múltiples rutas que han transitado y se conjuntan como afluentes de un río en que están dispuestos a navegar juntos con un propósito final: desembocar en el ancho mar donde las certezas adquieren su honda relevancia. Momentos precisos y valiosos que desatan un dinamismo de pertenencia en la diferencia y así la vida revela su última dimensión de comunión y de esperanza. Por eso, entre los amigos, no existen leyes que normen comportamientos, tampoco se calcula la relación en aras del interés individuales, sino la delicadeza de la promesa de seguir cultivando la presencia mutua a tono de gratuita espontaneidad.

Cuando muere un amigo, no duele algo, duele todo porque de las paredes de la casa construida y habitada en comunión cuelga la nostalgia y los recuerdos que jamás se marchitan. Jamás la muerte de un amigo será la cifra fría y desnuda de una estadística informativa. Dicho de manera muy simple, habrá que optar por un lenguaje que no tenga por meta la descripción o la información de mundo, sino por un lenguaje que construya a cuatro manos un mundo habitado en común.

3. El Hombre, nacido de mujer, corto de días y harto de inquietudes

Qué maravilla estar vivo y este gozo remite a un acto anterior fundante y constitutivo: nacer de un habitado cuerpo de mujer. Una mujer precisa, única, indeleble porque cada nuevo respiro en la vida nos remite al primero que experimentamos cuando salimos para inaugurar nuestra entrada en el mundo de los otros, otros seres humanos que no son mi madre, pero que al igual que yo son nacidos de mujer. No hay otra vía de entrada en el mundo de los seres humanos y en la historia.

La entrada en el mundo de los otros, de la alteridad, de la coexistencia, nos colocó en el tiempo social de una época determinada, entramos a manos llenas en el tiempo que nos habría de ir moldeando cada uno de nuestros días tanto personales como sociales a modo de coexistencia.

El problema real desde ese momento no está en que los días sean cortos o largos, sino que cada ser humano es corto de días. Nacer y experiencia de la fragilidad de todos los seres humanos van de la mano y son inseparables. No se trata inmediatamente de la conciencia trágica, sino de la constatación de que toda relación con los demás seres humanos, constitutiva de lo humano, puede correr el peligro estructural de no tener todo el tiempo a disposición porque todos somos cortos de días. Corro el peligro de no poder experimentar a fondo el tamaño de mi propia humanidad con los otros, porque tanto ellos como yo navegamos en la misma barca: la nave de la fragilidad.

3.1. Harto de inquietudes o tormentos

El poeta teólogo contrasta la cortedad de días con la innumerable serie de inquietudes o tormentos. ¿A qué se refiere?

No da una información de las inquietudes o tormentos, sino una clave fundamental. El tormento continuo y consistente es la evidencia de un fracaso radical. Quedarse en el intento y no lograr la experiencia de coexistir y no poder gozar de sus mejores expresiones. El choque entre el deseo infinito y la precariedad de toda relación con el mundo, con los otros seres humanos, consigo mismo.

Este renglón atañe a la álgida conciencia personal de la fragilidad; sin embargo, en la mayoría de los casos de nuestra vida en la sociedad, los tormentos se engendran desde fuera de uno mismo, desde los otros, desde las estructuras socio-político-culturales, especialmente cuando sobre un amplio grupo social se cierne el mal de desgracia. Una erupción como la de Pompeya pudo arrasar en pocos días con todas las expresiones de la vida desde aquella existencia colmada de poder y de riquezas, hasta la leve existencia de la hierba del campo. Literalmente la vida desapareció y quedó enterrada en un marasmo de lava y ceniza volcánicas provenientes del Vesubio el 24 de agosto del año 79 d.C.

En estos últimos meses, ahora a nivel casi mundial, la Pandemia del Corona Virus recorre a pasos agigantados los pueblos y naciones de nuestro mundo dejando tras de sí una estela de muerte, de dolor, de sufrimiento, de desgracia.

En Pompeya muchos de los poderosos y que contaban con medios para hacerlo pudieron huir de la ciudad para refugiarse en otros sitios, sin embargo, hubo personas humanas que murieron encadenadas para que no pudiesen huir: los gladiadores, cuyos cuerpos rescatados por arqueólogos italianos, son desde entonces un grito mudo contra otra clase de mal: el de un determinado tipo de seres humanos y de las estructuras socio-políticas de una formación social como era el Imperio Romano que se proclamaba, por medio de una barata escatología, como el mejor mundo de los posibles.

Los teólogos y pensadores de América Latina, sin que haya sucedido previa o posteriormente un mal de desgracia, catalogaron este tipo de mal, de tormento, como el mal estructural.

En estos momentos varios pensadores de diversas latitudes se han dado a la tarea de buscar una interpretación de lo que nos está aconteciendo. No me refiero a un tipo de pensamiento como sería el pensamiento científico que explica y contraataca al virus mediante sus propios recursos científico-tecnológicos, tampoco me refiero al discurso político que por encima de la realidad patente sigue defendiendo un esquema y una estructura social determinados como la mejor expresión de la organización social de países concretos y de países que quieren imponer ese mismo esquema a todas las restantes naciones o pueblos.

Mucho menos me refiero al lenguaje grosero de quienes, aprovechando los medios de comunicación, manifiestan que la pandemia no es inmediatamente la del Corona Virus, sino una pandemia más letal, la estrechez del pensamiento del cual no nace ninguna interpretación digna de lo valioso de los seres humanos y este tipo de lenguaje es el que he leído y escuchado de forma abrumadora en los medios masivos de comunicación social, con sus nobles excepciones.

La Pandemia del Corona Virus no es solo un mal de desgracia, sino que también cumple con un cometido benéfico: descubrir el mal estructural que domina nuestras sociedades y que en varios casos recibe el nombre de Neo-liberalismo. Dicho por dos de sus más auto nominados representantes, el sistema neoliberal se afirma como definitivo con una frase en negativo: “There is no alternative” (TINA) “No existe ninguna otra alternativa”.

Un elemento fundamental de la existencia humana es la precariedad que se expresa en muchos y distintos momentos como enfermedad que se asoma a la ventana de la muerte. Ahora, este mal de desgracia está irrumpiendo de forma exponencial en varias regiones de nuestro mundo: China, Europa, América Latina, Oriente, USA. Por citar sólo algunas. Y lo peor de todo es que en tales regiones la voz ronca pronuncia el siguiente diagnóstico: No estábamos preparados para ello, lo cual es una media verdad, pero más bien una total mentira.

La evidencia consiste en que las estructuras sociales y políticas están al servicio o sometidas a la lógica de la economía liberal, que definida por sus mismos sostenedores, no es ni moral, ni inmoral, sino amoral.

Pues bien, conforme avanza la pandemia, las estructuras económicas de cada país con contagios masivos, la estructura económica global, están manifestando de forma amplia que tales estructuras tan poderosas, son terriblemente frágiles, es decir, pueden saltar a pedazos cuando un elemento constitutivo empieza a fallar.

Aduzco un ejemplo simple: al cerrar las fronteras para evitar o contener el número creciente de contagios, resulta que las líneas aéreas, por falta de pasajeros suficientes, suspenden numerosos vuelos, empiezan a perder su base económica de sustento. Y algunas de ellas, por ejemplo, en México, ya están pidiendo que sea el gobierno quien las rescate del peligro real de caer en banca rota. Es decir, se vuelve a plantear como solución, exactamente la misma lógica que se ha usado para convertirlas en negocios con grandes ganancias económicas.

En la perspectiva de Bauman y Donskis, a esto se le llama la maldad líquida. Recuerdo una vez más un adagio que ya conocemos desde hace tiempo: El mal no está para ser explicado, sino para enfrentarlo y remediarlo.

De nueva cuenta y de forma no previsible nos encontramos ante el límite de nuestra capacidad humana tanto personal como social de reflexión, ante el mal en una de sus facetas más propias: lo desconcertante.

Quiero hacer el esfuerzo por ofrecer una vía de acceso, difícil ciertamente, para adentrarnos en la situación generalizada que estamos “viviendo”. Me refiero explícitamente a un diferente punto de partida: iniciar por el acercamiento a partir de las víctimas inocentes.

¿Cuándo y cómo podemos hablar de víctimas inocentes? Una aclaración previa: El hombre, nacido de mujer, corto de días, y harto de tormentos, como una flor se abre y se marchita, huye como la sombra sin pararse.

Una flor que se abre y se marchita, una sombra que huye sin detenerse no es inmediatamente la metáfora de una víctima inocente, es simplemente la fragilidad presurosa de toda existencia humana. Otra cosa muy diversa es cuando alguien o algo te obligan a marcharte y a marchitarte antes de tiempo. Cualquiera me podría decir: ¿cuándo es antes de tiempo?

Cuando hablamos de tiempo habría que diferenciar entre el tiempo humano y el tiempo del calendario que no necesariamente coinciden.

El tiempo humano es una realidad fundamental: todo ser humano tiene un pasado que recuerda y es inmediato en su memoria en el presente, todo ser humano es capaz del presente, se da cuenta, lo vive y todo ser humano está plagado de futuro. El tiempo humano es una experiencia vital donde confluyen las experiencias anteriores que marcan el presente y por vía del deseo avizoran el futuro, es decir, el tiempo humano adquiere consistencia cuando la propia persona tiene y acaricia un proyecto existencial. Por ello mismo, el tiempo humano sólo puede vivirse en su mejor expresión como libertad para acontecer.

Tiempo y libertad van de la mano y son la clave fundamental de una existencia humana que sea realmente tal. Por lo tanto, un ser humano, todo ser humano, al que le impiden ejercer su propia libertad para acontecer, es una víctima inocente. Alguno me dirá: Pero los niños y también muchos adultos por diversos motivos no han vivido o experimentado esa libertad para acontecer.

Lo primero que habría que tener en cuenta es que los niños, tan lindos, son el máximo de capacidades, son un infinito de posibilidades y esa es la mejor versión de lo humano posible. Su libertad no es plenamente consciente, pero su estructura es inmensa porque ahí está el núcleo primordial de todas las posibilidades de acontecer. Un niño es el racimo de todas las posibilidades: poeta, músico, filósofo, artista, artesano, etcétera. Es decir, el mundo humano se concentra en el niño como una esperanza fundada llena de posibilidades. El universo vuelve a refundarse como novedad en cada niña o niño. Así de sencillo, pero así de insoslayable.

Cuando un poder externo, social, político, económico, personal, priva a un niño de la existencia humana, es un poder caótico que no solo priva de una vida, sino que priva al mundo de su mejor esperanza de recrearse. Sin temor a dudas, no es solamente un infanticidio, sino un magnicidio. Un chiquitín que muere de hambre, de desnutrición, o de alguna enfermedad curable, es un grito supremo contra la negación violenta de su derecho a vivir, de ser en su mejor expresión el camino por donde transita la esperanza para el mundo humano y para el cosmos porque todo ser humano es la etapa en que el universo llega a tomar conciencia de sí.

Eso terrible es nada menos que establecer el caos en medio de la creación. En la primera página de la biblia, en el Génesis, el acto de Dios consiste en superar el caos y sus desastres para instaurar la creación como el máximo modo de imprimirle a la vida su inmensa capacidad de creatividad y de revelación. Privar a un niño de la vida es como apagar la luz del mundo antes de que empiece a brillar en medio de la oscuridad y las tinieblas.

En relación a los adolescentes, jóvenes u hombres adultos que no han podido ejercer su libertad de manera creativa; sucede que la vida personal se engarza en la vida cultural, social, política y económica de una sociedad determinada. Conforme avanza el tiempo humano personal, cada persona se ve impulsada, forzada, negada, obstaculizada y también convertida en víctima por la estructura general de la sociedad a la que “pertenece”. Aquí nos adentramos de forma muy clara en lo que suele llamarse el mal estructural.

Una de las lecturas (hermenéutica social) más punzantes y que dejan una amargura intensa en el pensamiento es la de Z. Bauman en su obra: Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias.[2]

Cada ser humano se adentra en su propia formación social y en todas va experimentando una amenaza real que puede convertirse en destino. Ser uno de los innumerables residuos de la máquina social que ordena la producción total y somete a todos sus miembros a esforzarse por entrar, por pertenecer, por gozar de sus beneficios, a sabiendas que la inmensa mayoría será una incontable muchedumbre de excluidos que quedarán reducidos a ser basura social, es decir, seres humanos residuales.[3]

Si afinamos el pensar, entonces nos damos plena cuenta, que no es lo mismo saber cuántos habitantes tiene un país, que saber cómo funciona la maquinaria de la exclusión social. Más del 40% de los mexicanos que habitamos en este mismo territorio son en el presente y para el futuro próximo una enorme cantidad de seres humanos residuales. Al constatar esto palidece un tipo de reflexión sociológica en torno a un concepto como el de democracia que enarbola un principio fundamental: todos los ciudadanos del país gozan al menos de todos los derechos humanos y es papel fundamental de la política, asegurar su cumplimiento cabal.

Tal principio, por muy loable que pueda ser, sin embargo, choca de frente con la realidad socioeconómica que produce una enorme cantidad de seres humanos en calidad de parias; la verdad real es que el sistema, las estructuras del sistema, producen víctimas inocentes de forma constante y “constitutiva”.

Sin embargo, y aquí damos un paso más adelante, la existencia escandalosa de las víctimas inocentes puede ejercer también un papel específico de revelación. Lo primero y contundente que revelan es de qué tamaño es nuestra inhumanidad.

Podemos hacer alarde de todos los adelantos que tenemos a la mano a partir del trabajo científico y del ingenio de la tecnología; y, sin embargo, todos ellos están manchados por una contradicción letal; las víctimas no necesitan que les digamos qué es lo que tienen que hacer para ser exitosos, al revés, ellos, sin ciencia y sin tecnología, nos dejan patente la inhumanidad que nos caracteriza como mundo global.

Podemos tomar el atajo más cínico ante esta realidad: “Ni los veo, ni los escucho” sin embargo, el estruendoso silencio del grito de las víctimas inocentes sigue tocando a nuestras puertas para revelarnos el tremendo engaño, temático o a-temático, en que vivimos los que estamos del otro lado de la vida social: el mundo de los satisfechos engañados.

Que quede claro que no pretendo en ningún momento defender que las víctimas inocentes son moralmente buenos, o que ellos sí son realmente humanos, que son un modelo o paradigma de vida humana; por supuesto que no lo puede afirmar nadie; pero lo que sí puedo afirmar con clara conciencia es que las víctimas inocentes no nacieron así. “Alguien” los convirtió en tales.

Y si alguno pretende decir que así nacieron, entonces habría que afirmar con total honestidad que somos un mundo que ha puesto en marcha desde hace muchos años un genocidio, es decir, una manera de organizar el mundo que rompe en pedazos la existencia humana desde su raíz: al nacer. No ha habido en la historia de la humanidad una guerra que haya engendrado tantas víctimas como hoy y que superan lo imaginable.

Creo que podemos dar, a partir de estos presupuestos, un paso más allá. Se trata de nuestra relación con el planeta Tierra: La bella nave azul en que navegan los hombres entre espacios de misterio y luz de estrellas.

No sé a quién se le ocurrió la fantástica pretensión de definirlo como propiedad nuestra sin limitaciones de ninguna clase. Desde la modernidad con la ciencia y la tecnología nos adentramos en la peor aventura: hacer del mundo, cosa, objeto, utilidad a nuestra disposición.

¿El mundo es nuestra propiedad, o no será más bien la infraestructura que hace posible y real nuestra existencia como humanidad? Quiero decir inmediatamente, con convicción cristiana, que el mundo no es cosa; es revelación silenciosa pero elocuente de algo mayor que lo habita: los dedos y el corazón de nuestro Padre que cuidan, impulsan, cariñosa y puntualmente la vida en su infinita pluralidad de formas.

Dos poderosas eras ecológicas se confrontan, ambas producidas por el ser humano: la del antropoceno y la del ecozoico. El antropoceno sería, según diversos científicos, la nueva era geológica inaugurada en el siglo XIX, cuando los europeos occidentales se lanzaron ferozmente a la conquista y dominación de la naturaleza y del planeta entero con los instrumentos suministrados por la tecnociencia. En gran parte, este propósito tuvo éxito y se hizo global, pero cobrando unos elevadísimos costes tanto a la sociedad como a la naturaleza.

La voluntad de dominio, en orden a acumular cada vez más y consumir de forma ilimitada, ha ocasionado el perverso abismo que se abre entre los pueblos ricos y los numerosos pueblos pobres: la Injusticia social estructural.

Este proyecto global expolió despiadadamente ecosistemas enteros, sin tener en cuenta los límites de los bienes y servicios no renovables de la naturaleza, dejando tras de sí tierras calcinadas, ríos prácticamente secos, suelos envenenados y aires contaminados, dando lugar a una auténtica injusticia ecológica.

Ambos tipos de injusticia (social y ecológica) han puesto en peligro la calidad de la vida humana y han sometido a una profundísima tensión tanto al sistema vida como al sistema tierra, hasta el punto de hacer que nos preguntemos: ¿hacia dónde nos dirigimos con este tipo de estrategia? El peligro de asomarnos a un abismo sin posibilidad de vuelta atrás es enorme. (Exactamente de este esquema es de donde nace el “Corona Virus” y otros más que ya hemos experimentado como avisos contundentes: cólera, influenza, etc.)

La era del ecozoico ha sido formulada en los últimos años por quienes han caído en la cuenta de los riesgos que corren la vida y el planeta si prolongamos e insistimos en el camino ya recorrido. Ecozoico es una expresión acuñada por dos norteamericanos, el conocido cosmólogo Brian Swimme y el antropólogo cultural Thomas Berry (Pasionista) en un libro escrito en colaboración The Universe Story (1992) una de las mejores síntesis de todo el proceso evolutivo acaecido desde el Big Bang hasta nuestros días.

Según ellos, estamos entrando forzosamente en una era en la que la ecología ganará protagonismo y en la que todos los saberes serán ecologizados, en el sentido de que todos ellos harán su aportación a la regeneración y salvaguarda de la vida y del planeta Tierra.

En el ecozoico se elabora una alternativa real a nuestra civilización de muerte, proponiendo una civilización de sustentación de toda la vida. El eje estructurador de las sociedades o de la geosociedad será la vida: la vida en su inmensa diversidad, la vida humana y la vida de la Madre Tierra.

Como ya se ha dicho, si el peligro es grande en nuestra situación actual, mayor aún habrá de ser la posibilidad de salvación, porque el sentido prevalece sobre el absurdo, y la vida tendrá siempre la última palabra.[4]

Esta propuesta al menos a tres voces nos abre un panorama que quiero delinear un poco como comentario y como apertura a nuevas actitudes.

4. A la salvaguarda de la vida humana y del planeta tierra. La justicia social y ecológica

Me llama la atención una perspectiva de futuro: La ecología ganará protagonismo, todos los saberes serán ecologizados, en el sentido de que todos ellos harán su aportación a la regeneración y salvaguarda de la vida humana y del planeta tierra.

Me recuerdo que hace muchos años un gran amigo, Efraím González Morfín, preocupado por la casi ausencia de humanismo en las múltiples carreras científicas y tecnocientíficas de las universidades, me invitó a elaborar a partir de la filosofía y de la antropología filosófica, un tronco común para todos los estudiantes universitarios. La intención fundamental era la de crear una infraestructura humanista que sirviera de fundamento y proyección para todas las carreras universitarias de entonces. Era un proyecto ambicioso pero vital para todo el ejercicio del saber en la vida cotidiana del mundo del trabajo. ¿Qué es lo que realmente estoy aportando a la vida humana de todos como ingeniero, arquitecto, abogado, cirujano, etc.?

A simple vista y revisando nuestro proceso de aprendizaje en las universidades para convertirnos en profesionistas, resulta más o menos claro que la dimensión “humanista” de los diversos saberes científicos y técnicos fue casi nula. ¿Cuántas universidades del país hoy, cuentan con una facultad de Filosofía? ¿En cuántas universidades existe un tronco común basado en la filosofía y en la antropología filosófica? Y hubo quien con todo el cinismo que le cabía en la boca se atrevió a decir: “La filosofía no deja para vivir”.[5]

Me llama enormemente la atención el título que el autor (Nuccio Ordine) da a la segunda parte de la obra citada: La Universidad empresa y los Estudiantes clientes. En una de sus afirmaciones más punzantes e irónicas, pero llenas de realismo, el autor afirma: “Las universidades, por desgracia, venden diplomas y grados. Y los venden insistiendo sobre todo en el aspecto profesionalizador, esto es, ofreciendo cursos y especializaciones a los jóvenes con la promesa de obtener trabajos inmediatos y atractivos ingresos”. [6] Obviamente que el autor se refiere a muchas universidades europeas, de seguro que eso no sucede en las universidades mexicanas.

¿De qué se trata a final de cuentas?, ¿De preparar inteligencias creativas o de someter personas a la maquinaria socioeconómica de un país y del mundo globalizado? Me da mucho gusto corroborar que muchos de nosotros no hemos aceptado, ni cultivado ese patrón mercantilista, hemos optado por otra vertiente: abrir nuevos espacios comunitarios a la reflexión y el pensamiento creativos. Ahora, más que nunca, no cejaremos en nuestro propósito compartido. Somos un espacio de libertad creativa y de dignidad ante la vida de todos.

Imaginen que esta vertiente humanista, antropología filosófica, existiera de forma pedagógica desde la primaria, se extendiera por la secundaria y la preparatoria, que fuera nada menos que los cursos básicos en todas las empresas para mantener el pensamiento profundo de obreros, empleados y directivos. Lo menos que podría suceder es que muchos mexicanos y, por contagio otros más, tendríamos una perspectiva diferente de vida y de mundo. Habríamos aprendido algo básico: pensar y dialogar juntos porque la misma pedagogía tendría que ser no la de transmisión de información, sino la de constitución de sujetos actores con un alto coeficiente axiológico.

Estoy seguro que la mayoría de ustedes conocen o conocieron la obra de Jostein Gaarder: El Mundo de Sofía; hasta yo lo leí y lo recuerdo como un gran intento de abrir la puerta a la tradición filosófica del mundo occidental a una chica de 15 años que lleva el nombre de lo que está en juego: Sofía, en griego, quiere decir: Sabiduría. Y bueno, quién no recordará a Sócrates con su pedagogía peripatética armando el revuelo democrático del pensamiento en Atenas.

Esto que estoy comentando es sólo un factor importante pero no es el único ni es la piedra de toque, pero lo cierto es que una nueva sociedad no nace por decreto, ni por enarbolar derechos humanos por legalizar; una nueva dinámica social tiene que partir de la convicción fundante: cada ser humano es actor indispensable en el concierto de la humanidad.

Tenemos en las manos un racimo de posibilidades, es hora de hacerlas florecer. Nos falta tal vez un detalle fundamental: organizarnos para conjuntar las múltiples habilidades que el misterio de cada uno lleva dentro como herencia humana a desplegar.

4.1. Una eclesiología ecológica, la del ecozoico

La segunda vertiente de la que venimos hablando es el cuidado de la vida del planeta tierra. Creo que todos ustedes han tenido la oportunidad de gozar el final de la octava sinfonía de Gustav Mahler. Y si no lo han hecho, estamos a tiempo para volver a gozarla junto con la Canción de la Tierra del mismo Mahler que nos vendrá a la medida.

A nivel general, ya contamos con un impulso fundamental de la encíclica Laudato si del Papa Francisco. En ella aparece claro el juego conceptual de Injusticia social e Injusticia al planeta tierra, a la vida, como un dueto inseparable o de mutua implicación para el presente próximo y el futuro más largo.

Trato de recuperar también un trabajo de hace varios años de Hans Küng, quien exponiendo los paradigmas que han caracterizado el desarrollo o transformación del Cristianismo a lo largo de 20 siglos de historia. El autor propone cinco paradigmas: el paradigma Proto cristiano apocalíptico; el paradigma Vetero eclesial helenista; el paradigma Católico romano medieval; el paradigma de la Reforma Protestante; el paradigma moderno ilustrado en el que estaríamos viviendo y que ya ha manifestado sus propias contradicciones indicando el surgimiento de un nuevo paradigma, la apuesta por lo que él llama ¿El paradigma Ecuménico- contemporáneo?

Cuando va delineando las cuestiones pendientes para el futuro del nuevo paradigma, en coincidencia con lo que ya expuse anteriormente, afirma: “¿No es urgente para la trans-modernidad, en lugar del dominio explotador y destructor de la naturaleza, la necesidad de una solidaridad con la naturaleza? ¿Y qué pueden aportar las diversas religiones, sobre todo las proféticas, sobre la base de una religiosidad cósmica, en el paradigma de la trans- modernidad al cambio de conciencia planetaria, a una nueva síntesis global de la esfera científico-técnica y ético religiosa, a una simbiosis pacífica de todas las criaturas y así a una dimensión ecológica?[7]

En un esquema sintético propone unas líneas que habrá que tener presentes para darle cauce a un nuevo esquema antropo-ecológico eclesial. Una religiosidad para la humanidad (Paradigma ecuménico) tendría que abordar los siguientes desafíos.

Hombre y naturaleza: religiosidad cósmica. Hombre y Mujer: religiosidad integral. Ricos y Pobres: religiosidad liberadora. Mi religión y otras religiones: religiosidad ecuménica.

Aquí tenemos un mapa de ruta por los cuatro puntos cardinales que harían de nuestro caminar por la historia una recreación de la vida en comunión operativa, tanto teórico, como práctica.

Lo primero que habría que descartar es el esquema eclesiológico individualista, no por equivocado, sino por insuficiente ante los desafíos urgentes para dar nacimiento a otro paradigma o proyecto civilizador integral. Y, aunque parezca extraño, también el esquema eclesiástico está manifestando sus contradicciones, es hora y el momento de instaurar una eclesialidad más integral que abarque estas cuatro preguntas candentes. Ya ni hablar de lo que podría suceder con el esquema parroquia que en muchas de sus expresiones aparece anquilosado por la estrechez de miras ante el futuro que no llueve sino que hay que anticipar.

El mismo esquema tradicional de familia, por muy bueno que haya sido, ya no tiene los suficientes recursos para enfrentar una novedad que lo recrearía y le daría mayores posibilidades de expresión; de no ser así, irá creando contradicciones cada vez mayores que produzcan no dispersión sino caos.

En el canto a la tierra de Mahler, las palabras retoman un antiguo himno cristiano al Espíritu Santo: Veni, creator Spiritus ¡Ven, Espíritu Creador! En una pneumatología propia y característica de la comunidad cristiana como Cuerpo Mesiánico, el motor fundamental de la recreación de la vida y de la historia es el Espíritu aconteciendo entre nosotros con una pluralidad de expresiones y servicios para hacer de cada comunidad cristiana una sinfonía de la creación en marcha por la historia.

5. Conclusión inicial

Aquí me detengo en este intento de hilar dos o tres pensamientos en torno a la Pandemia del “Corona Virus”. Está abierto el diálogo para que juntos vayamos ampliando la percepción, afinando el pensamiento compartido de tal manera que podamos unir nuestras mejores habilidades para lograr un abordaje conjunto de frente a un futuro que no sólo habrá que imaginar sino específicamente darle toda nuestra capacidad creativa como acontecer nuestro y del Espíritu en nosotros.

 

ACERCA DEL AUTOR

Octavio Mondragón Alanis es licenciado en Sagrada Escritura por el pontifico Instituto Bíblico en Roma, licenciado en Teología por el Colegio Máximo de Cristo Rey de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús y maestro en Lingüística Hispánica por la Universidad Autónoma de México.

 


[1] Jesús Tomé, Poesía completa, Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 2010, P. 910.

[2] Zygmunt Bauman, Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias, Ed. Paidós, México, 2015. Cito una frase como simple ejemplo de este agudo análisis. “La globalización se ha convertido en la tercera, y actualmente la más prolífica y menos controlada, de residuos humanos o seres humanos residuales” p.17

[3] En los años noventa del siglo pasado cuando se contabilizaban los millones de seres humanos analfabetas de nuestro mundo, lo que más estremecía era que de cada diez de ellos, nueve eran mujeres.

[4] Boff Leonardo, La Tierra está en nuestras manos. Una nueva visión del planeta y de la humanidad, Ed. Sal Terrae, Santander, 2016, P. 11-14.

[5] En este sentido me parece imprescindible la lectura del Manifiesto de Nuccio Ordine, La utilidad de lo inútil, Ed. Acantilado, Barcelona, 2013.

[6] Ordine Nuccio, Op cit, P. 79.

[7] Hans Küng, El cristianismo. Esencia e Historia, Ed. Trotta, Madrid, 2006, Pp. 778-779.

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