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13 ABR

La Vigilia Pascual es la “fiesta de las fiestas, noche de las noches”

En Jesús, vivo y resucitado, presente entre nosotros, hay vida, hay camino, hay solución, hay fraternidad, para trascender estas realidades temporales.

La celebración de la Resurrección de Jesús, en la noche del Sábado Santo hacia el amanecer del domingo, que llamamos Vigilia Pascual, parece un contrasentido con lo que el mundo está viviendo por la COVID-19: millares de muertos en todas partes, sobre todo en países considerados de primer mundo, más cientos de defunciones que no entran en estadísticas oficiales; centenares de miles contagiados y en riesgo de morir; médicos, enfermeras, agentes sanitarios, también más de cien sacerdotes, que han fallecido a consecuencia de haber atendido a enfermos de esta pandemia. Hay temor y angustia en todas partes: ancianos en peligro de morir; pobres que se endeudan por todos lados para poder subsistir, con su familia; gobernantes que no saben qué medidas tomar; muchísima gente sin trabajo; pequeños, medianos y grandes empresarios que prevén el posible cierre de su negocio; sacerdotes que no pueden acercarse más a su pueblo, al que están consagrados. El panorama es nada halagüeño. ¿Qué celebración puede tener sentido hoy?

Sin embargo, el triunfo de Jesús sobre el sepulcro y sobre la muerte es nuestra certeza y nuestra esperanza. Su resurrección es una luz en el túnel de la oscuridad mundial. Su victoria pascual es la garantía de que venceremos, en esta vida y en la otra, porque la muerte no tiene la última palabra. En Jesús, vivo y resucitado, presente entre nosotros, hay vida, hay camino, hay solución, hay fraternidad, para trascender estas realidades temporales.

Y esto es lo que celebramos en esta Noche Santa, que nos introduce en la gran fiesta de la Resurrección. Durante los tres primeros siglos de la Iglesia, no había otra fecha que se celebrara; ni Navidad, ni otras fiestas del Señor, de la Virgen o de los Santos. Cada año, la única gran celebración era la Pascua de la Resurrección, en fecha variable, según la tradición judía, en torno a la luna llena de primavera. Es que, como dice San Pablo, si Jesús no hubiera resucitado, toda su vida de nada nos serviría; no sería el salvador; nuestra fe sería vana. Lo fundamental para los cristianos, de antes y de ahora, es que Cristo vive, triunfó sobre la muerte, resucitó y está con nosotros. Con El, todo cambia, todo es nuevo y esperanzador. Por ello, es central esta solemnidad, fiesta de las fiestas, noche de las noches.

La celebración tiene cuatro partes: Lucernario, Liturgia de la Palabra, Liturgia bautismal y Eucaristía.

Lucernario

Como el sol vence a la noche, la luz a la oscuridad, la vida a la muerte, la gracia al pecado, así Cristo resucitado es la luz que ha vencido las tinieblas de la historia humana. Eso lo ritualizamos, en los años normales, encendiendo una hoguera fuera de las iglesias, con participación del pueblo. Del fuego nuevo, se toma la luz para encender el Cirio Pascual, que será el símbolo de Cristo vencedor y triunfante, y que permanecerá en un lugar resaltado en todas las celebraciones durante cincuenta días, hasta Pentecostés. Hoy se suprime este primer momento, para evitar aglomeraciones, y se enciende el Cirio en forma sencilla. Guiados por esta luz, estando apagadas las luces del templo, se camina en procesión hacia el altar, cantando tres veces: ¡Cristo, luz del mundo! ¡Demos gracias a Dios! En el trayecto hacia el altar, se van encendiendo las velas de los pocos ministros participantes, para significar que Cristo es nuestra luz, que ilumina nuestras vidas en la oscuridad de la noche, en la incertidumbre de la pandemia y de la muerte. Al igual que una columna de fuego guiaba a los israelitas por el desierto, Cristo nos conduce seguros en las tinieblas de la vida. Quienes participan por los medios electrónicos, en sus casas, pueden seguir esta celebración encendiendo sus propias velas.

Al llegar al altar, se encienden todas las luces del templo, se inciensa el Cirio y se canta o proclama el Pregón Pascual, que es el anuncio oficial de la Resurrección. Todos lo escuchan de pie, teniendo las velas encendidas. Al concluir, se apagan las velas personales y nos podemos sentar, para la segunda parte de la celebración.

Liturgia de la Palabra

En circunstancias normales, se proclaman nueve lecturas, siete del Antiguo y dos del Nuevo Testamento, resaltando el acompañamiento de Dios a su Pueblo. Se traen a la memoria diferentes momentos de la historia de la salvación, desde el Génesis, la primera creación, hasta la nueva creación con Cristo resucitado. En casos extraordinarios, como este año, se pueden proclamar sólo los tres textos más importantes: Primero, el paso del Mar Rojo, cuando Dios libera a los israelitas de la esclavitud en Egipto (Ex 14,15-15,1). Hoy también, por el agua del Bautismo y el agua que salió del costado de Cristo en la cruz, Dios nos libera de la esclavitud de nuestros pecados, para que tengamos la libertad de los hijos de Dios. Por ello, en este momento, después del salmo responsorial, se entona el himno del Gloria, suprimido durante la Cuaresma, para cantar las maravillas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Se tocan las campanas de la iglesia, y en algunas partes de hacen tronar cohetes y fuegos artificiales, como signo de triunfo, de fiesta y alegría.

Después de una profunda oración “colecta”, se proclama una segunda lectura, tomada de lo que escribió San Pablo a los romanos (6,3-11), en que resalta la importancia de la resurrección del Señor. Al terminar, se entona solemnemente, por tres veces, el ¡Aleluya!, que es el grito de triunfo, la aclamación al Señor, la señal de que la muerte ha sido derrotada. Este canto se había suspendido durante la Cuaresma, y ahora se resalta con toda razón. Luego se proclama alguno de los evangelios que anuncian la resurrección, según los sinópticos: Mt 28,1-10; Mc 16,1-7 y Lc 24,1-12. El testimonio de Juan (20,1-9) se proclama el domingo. La homilía, que hacen el obispo o el sacerdote, tiene como objetivo ayudar a la comunidad a valorar y profundizar el misterio que celebramos, tomando en cuenta la situación que vive la comunidad.

Liturgia bautismal

En los primeros siglos de la Iglesia, esta era la única fecha en que se celebraban los bautismos, después de un proceso catecumenal, de una catequesis apropiada, que podía durar hasta tres años, con el acompañamiento de testigos que garantizaran el discipulado de los aspirantes; son los que ahora llamamos padrinos.

En años ordinarios, esta es la mejor ocasión para celebrar los bautismos. En muchísimos lugares, son miles los que deciden aceptar a Jesús en su corazón e integrarse a la Iglesia. No salen en los medios informativos, pero son cientos de miles. Sólo en una parroquia de mi diócesis anterior, Ocosingo, en una noche como ésta, bautizamos a 70 jóvenes y adultos, no niños, con la ayuda de diáconos permanentes. El obispo auxiliar celebró en Catedral, y yo viví el Triduo Pascual en esa parroquia. Cada año nos intercambiábamos, para que uno de los dos se quedara en Catedral y otro fuera a otros lugares de la diócesis, como en una ocasión que celebré el Triduo Pascual en comunidades de la selva, donde casi no llegaba un sacerdote.

En la Vigilia Pascual de este año, no habrá bautismos, para evitar presencia de multitudes y cuidar la salud comunitaria; sólo se hace la bendición del agua, que servirá para bendecir con ella, a distancia, a los participantes en forma virtual, y así recordar y renovar el propio bautismo, con sus correspondientes compromisos. En nuestro bautismo, fuimos resucitados.

Liturgia eucarística

Se cierra esta gran fiesta con la parte central de la Santa Misa, que son el ofertorio, la oración consecratoria y la comunión. La Eucaristía es la presencia viva del Resucitado para su Pueblo. Es Jesús que nos quiere acompañar en el atardecer, o en la noche oscura de nuestras vidas, como lo hizo con aquellos dos discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). En el “partir del pan”, lo podemos reconocer presente entre nosotros, que a veces estamos sin esperanza, perdidos en el peligro, angustiados y refugiados en nuestra soledad, queriendo quizá olvidar todo con alcohol, drogas u otros distractores, como el abuso del celular y de las redes sociales.

Hermanas y heremanos: ¡Cristo vive! Cristo está entre nosotros y con nosotros. Cristo nos acompaña en estos tiempos de pandemia, de dudas y de muerte. Unete a Jesús. Dile que lo necesitas. Pídele que venga a tu corazón. No importa si te consideras indigno, quizá en pecado. Pon tu historia en la herida de su costado, y El te sanará. Confía en El. Búscalo; acércate a El. Si por ahora no te puedes acercar a una iglesia, a los sacramentos, dile que venga a tu vida y, con El, todo cambiará; aunque vengan enfermedades y la misma muerte. El es más poderoso que todo. Acéptalo en tu corazón y serás salvo.

¡Felices Pascuas de Resurrección! ¡Animo! ¡Hay vida, hay esperanza, hay Resurrección!

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