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07 FEB

Matrimonio ¿para siempre?

¿Por qué el matrimonio es indisoluble? ¿Es posible amar para siempre?
Matrimonio ¿para siempre?

Los físicos dicen que "la velocidad de un tren es igual a la de su último vagón". Es exactamente lo que pasa en la sociedad: la vulgaridad y la falta de formación de muchos lastra las cuestiones más importantes como el amor, el matrimonio y la familia.Muchos se dejan llevar más por el pesimismo y el desprestigio del matrimonio que por lo que realmente sienten en su corazón y por los grandes ideales. De allí la urgencia de tener las cosas claras y argumentos sólidos. Un humorista italiano decía en una entrevista que “el matrimonio es algo exagerado”. Lo comparaba con lo siguiente: “como si uno para quitarse el hambre, debiera comprara un restaurante”.Muchos no se casan por miedo amar, a fallar o a que les fallen y se embarcan en situaciones que sólo conducen a la insatisfacción y egoísmo.

¿Por qué el matrimonio es indisoluble?

Primero ¿Qué nos dice el corazón? que el amor si es amor, es para siempre. El amor necesita un espacio y ese espacio es el matrimonio. El matrimonio es una vocación y para quien está llamado a él, el matrimonio es mejor que cualquier desembocadura amorosa. El amor tiene siempre la pretensión de eternidad y la eternidad no tiene sentido sin el amor. Es curioso y lamentable que en los últimos siglos se haya percibido la indisolubilidad como una imposición por parte de la Iglesia. No, ¡se trata de una aspiración de las personas a construir una historia de amor entre dos!

Lo segundo es de sentido común. La indisolubilidad garantiza la perdurabilidad de la familia. Le da estabilidad, certezas y la seguridad de ser una comunidad de amor y solidaridad. Cuando alguien no cree en el matrimonio normalmente no cree en sí mismo. Allí el problema es otro: se ha desgastado por malas experiencias amorosas con o sin culpa suya.

Según las Escrituras –tercero– la indisolubilidad se apoya en tres grandes verdades teológicas: una es que el hombre es imagen y semejanza de Dios y por eso está llamado a la fidelidad, a ser una sola carne. Otra es que la historia amorosa entre Yahvé e Israel, se presenta como la historia de amor entre un esposo y una esposa, en ella Yahvé es fiel a Israel a pesar de la infidelidad de éste y aun habiéndole entregado el documento del divorcio, lo rompe por fidelidad a sí mismo. La tercera es la referencia de Jesús al principio es clara: el proyecto original de Dios es la unidad. La cuarta es la institución por parte de Cristo del sacramento del matrimonio: todo matrimonio entre dos bautizados participa del amor de Cristo por su Iglesia y este amor es fiel. Este es uno de los grandes mensajes amorosos del cristianismo. Es la religión del amor verdadero y de la verdad amorosa. Esto tiene que dar mucha confianza a las parejas que se casan: vale la pena casarse en la Iglesia: no es el trámite de casarse “por la Iglesia”, porque es más lindo. Sino la aportación del amor mismo de Cristo y contar con la fuerza de la gracia. Cristo pagó esa fidelidad con su propia muerte. La cuarta verdad teológica es que el hombre necesita de una ayuda externa para llevar a cabo su misión tan hermosa de amar, la vida no es instinto, es combatir por lo mejor y el matrimonio es un proyecto entre dos.  Esto supone la comunión de vida, la exclusividad y su efecto natural es la indisolubilidad. Es tan sagrado el matrimonio que ni siquiera los ministros –los esposos– tienen la facultad de disolverlo.

Hay un pasaje del evangelio de Mateo (5,32) donde Cristo afirma que el matrimonio es indisoluble “excepto en caso de infidelidad”. Algunos lo han interpretado como un permiso para divorciarse. Ese “excepto” hay que interpretarlo más bien como “los que viven juntos sin haberse casado”, con lo cual a ellos no aplica la indisolubilidad. Una genial interpretación en la antigüedad, es la muerte moral del adúltero, es como si hubiera muerto y con ello, la parte ofendida queda libre.

Una posibilidad es la separación física de los esposos como última solución. No dejan de ser marido y mujer delante de Dios ni son libres para contraer una nueva unión. La actitud cristiana es la de ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble. Existe la posibilidad de la nulidad o anulación que consiste en declarar que por diversos motivos o impedimentos, nunca se dio el matrimonio en una pareja. El papa Francisco ha pedido simplificar y agilizar los trámites para la nulidad, esto incluye los precios de los trámites. Igualmente hay que simplificar las formas para fomentar el matrimonio, esto incluye los aspectos económicos ya que en algunos ambientes la gente no se casa, por cuestiones económicas.

El divorcio es otra cosa, es la ruptura de la unión, allí donde la hubo. Es el reconocimiento de una derrota. El divorcio civil, contradice la naturaleza del matrimonio que es la indisolubilidad y la unidad, arrastra consigo numerosos problemas de tipo moral y de testimonio para los demás. La Iglesia no puede reconocer como válida una nueva unión. Invita a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar la misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. ¡Los divorciados no están excomulgados! ¡Y cuántos matrimonios rotos se han reconciliado después de momentos de purificación, de corrección y de sincero espíritu de cambio!

Falta de preparación y adolescentismo

Hoy se reduce el matrimonio a un contrato y a una mera cuestión legal, dejando fuera el amor. ¿A qué pueden aspirar los jóvenes si se les presenta el matrimonio –dentro y fuera de la Iglesia– como la tumba del amor? el resultado es que se percibe como una carga insoportable.

Otro problema es la inmadurez y la escasa o nula preparación al matrimonio. Nos hemos vuelto muy frágiles e intolerantes y muchas situaciones se podrían salvar con amor y quizá con ayuda de otros. Es normal que en todas las relaciones haya diferencias, se pase por crisis y periodos de purificación. Éstos exigen diálogo y recordar el proyecto que se han propuesto. Ante las dificultades la mejor solución sería la reconciliación si es posible.

Pero muchas veces los conflictos en la relación destapan las coladeras de las cosas mal hechas: en realidad nunca fueron esposos. El adolescentismo es una inmadurez generalizada para el matrimonio, es la suma de las siguientes carencias, tan comunes en la actualidad: una gran inconsciencia respecto a lo que se realiza y una concepción del amor que excluye la durabilidad. En muchos casos se lleva dentro una verdadera incapacidad para amar y por tanto para el matrimonio, por los hábitos de uso y abuso de las personas.

El matrimonio requiere saber lo que se hace (inteligencia), quererlo realizar (voluntad) y estar dispuesto a afrontar sus consecuencias (libertad), al ver muchas historias, queda la seria duda si los que “contraían matrimonio” eran libres y sabían lo que se estaban cometiendo. ¿A dónde van algunas relaciones en las que ni siquiera hay amistad y menos la intención de donarse?

¡Es posible amar para siempre!

Requiere mutuamente cultivarse, ejercitarse, formarse, sentirse amados. Esto no es automático. La comunión a los divorciados y vueltos a casar, merece atención sobre todo porque toca a personas. Pero ¿cuántos dolores y tragedias personales se evitarían si nos preparásemos a amar? No hay que dejarse llevar por la publicidad, la propaganda o el instinto. Hay que escuchar el corazón que desde adolescentes nos pide un amor puro, dedicando la vida a una persona y construyendo juntos un maravilloso proyecto vital.

Artículo publicado en la revista “La Familia Cristiana - México”.


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