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25 OCT

¿Orar por los difuntos o dar culto a la muerte?

Lejos de dar culto a los muertos, o de considerarlos santos y puros simplemente porque los hemos querido, y más lejos aún de supersticiones aberrantes, orar por los fieles difuntos es ocupación saludable y fomento de nuestra propia esperanza.
¿Orar por los difuntos o dar culto a la muerte?

Miro un calendario que cuelga en la pared y leo: “2 de noviembre: los fieles difuntos”. Abro el Diccionario de la Real Academia y desentraño el significado de esas palabras: fiel es quien “guarda la fe, es constante en sus afectos, en el cumplimiento de sus obligaciones y no defrauda la confianza depositada en él”. Difunto –consulto un Diccionario etimológico– proviene del latín defunctus, participio del verbo defungere, que quiere decir cumplir o ejecutar, por lo cual puede decirse que “difunto” es aquél que ha cumplido, que ha terminado, que ha ejecutado.

Sin dificultad captamos que no es la muerte sino la vida la que cuenta para evaluar el paso de cada persona por los caminos del mundo. Por consiguiente, la memoria de los difuntos ha de poner sobre la mesa la solidez de la respuesta que cada uno ha dado a las oportunidades que se le han presentado y la muerte en sí misma es un tránsito, un paso, una pascua, no una realidad física y mucho menos un objeto personificado que concentre miedos e invite a veneración supersticiosa. Sin embargo, una de las mayores aberraciones que ha desarrollado esa extraña realidad que ha penetrado como la humedad en diversos estratos de nuestro pueblo contaminado por la “narcocultura”, es el culto aberrante a una entidad inexistente y ficticia cuyo nombre se acerca a la blasfemia: “la santa muerte”.

He insistido en la concentración de miedos porque una característica de nuestra tradicional cultura popular era más bien cierto acercamiento tranquilo y a veces jocoso al tema por medio de calaveritas de azúcar, poesías populares casi siempre mal rimadas pero festivas. Estas realidades me han parecido anuncios alternos de la resurrección que proclamamos en el Credo. Nada de miedos: color, esperanza. En esos extraños cultos venidos de las sombras y que se quedan en ellas no hay lugar para el color y la esperanza y menos para la alegría que viene del triunfo definitivo de Cristo.

La cultura de la muerte, sobre la que tanto advirtió san Juan Pablo II, sustituye, casi sin que lo sintamos, a la cultura de la vida. Se sustituyen calladamente, pero abarcando cada vez más grupos humanos, las delicias del jardín del Paraíso por las arenas secas del desierto, el gozo del anuncio del sepulcro vacío por la búsqueda nerviosa del cadáver. En esas figuras creo poder describir el avance de la mentalidad que favorece la confusión de los papeles naturales del hombre y la mujer a partir de su identidad sexual, la valoración de la existencia por la utilidad que puede representar y, por consiguiente, la exclusión de los “no deseados” tanto durante la gestación en el seno materno como en la ancianidad o en los márgenes y fronteras de los pueblos, las vidas segadas en guerras sin fin y en tiroteos y matanzas de extrema crueldad e irracionalidad.

Nos hará bien volver a encontrar el sentido original de la conmemoración del 2 de noviembre: ocasión de reflexionar en la vida de nuestros hermanos fallecidos, no sólo de los cercanos sino de aquellos que no encontraron mucha luz en su camino; ocasión para recuperar (o encontrar por primera vez) el sentido de la comunión de todos los fieles, vivos y difuntos, en una sola Iglesia y de la oración por quienes se encuentran en el Purgatorio. Pero, ¿qué es el Purgatorio? ¿Un extraño lugar con llamas y almas que levantan las manos?  Se trata –dice el Catecismo de la Iglesia Católica– de un “estado de vida donde se obtiene la purificación de los elegidos”, es decir, se adquiere lo que faltó para alcanzar en esta tierra  la madurez en el amor y el despego definitivo del egoísmo. Ese especial tiempo –no espacio o lugar– es propicio para que se dé la comunión en la oración de parte de los vivos, un acto transparente de caridad y ejercicio de una excelente obra de misericordia espiritual.

Lejos de dar culto a los muertos, o de considerarlos santos y puros simplemente porque los hemos querido, y más lejos aún de supersticiones aberrantes, orar por los fieles difuntos es ocupación saludable y fomento de nuestra propia esperanza.Una antiquísima homilía sobre el “santo y glorioso Sábado” habló de Jesucristo y su visita a la región de los muertos: “Lleva en sus manos el arma victoriosa de la Cruz. Adán, al verlo, se golpeó el pecho y exclamó: ‘Mi Señor está con todos’. Y respondió Cristo: ‘Y con tu espíritu’. Y tomándolo de la mano lo levantó: ‘Yo soy tu Dios que por ti me hice hijo tuyo... ordeno a todos los cautivo: ¡Salgan! y a los que estaban en tinieblas: ¡reciban la luz!’” 

Artículo publicado en la revista: La Familia Cristiana, autor P. Manuel Olimón Nolasco             

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