Noticias

01 ABR

Pautas de retiro – abril 2019

Tema: Fe y Resurrección
Pautas de retiro – abril 2019

Pautas de Retiro – abril 2019 “Fe y Resurrección”

INTRODUCCIÓN

Durante la primera quincena de este mes, aun recorremos el camino hacia la Pascua y resuena la invitación del Papa Francisco en su mensaje para esta Cuaresma:

Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, (…) No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación[1].

Sin duda, cada uno en el ambiente en que nos encontramos como miembros de la Familia Paulina hemos acogido esta invitación del Papa Francisco y nos damos cuenta que caminamos en consonancia con el Año Vocacional de la Familia Paulina, pues se trata de reavivar el don que hemos recibido desde el Bautismo y vivir en plenitud el ser hijos de Dios.

El tema para este mes de abril es Fe y Resurrección, términos que identifican nuestro ser cristianos. Los siguientes párrafos quieren ser una provocación para continuar avanzando por este camino hacia la Pascua de Jesús en nuestras vidas.

FE Y RESURRECCIÓN

“Les anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús” (Hch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz[2].

LA FE

La palabra hebrea usada en el Antiguo Testamento para la Fe es “emunah”, que significa “lealtad, confianza”. Este significado deriva de la raíz de la palabra “aman”, que significa “sostener, confirmar, mantener, consolidar, fortalecer, ser fiel, ser estable;
confirmado, estabilizado, seguro, verificado, confiable, creído”; también se usaba para referirse a “un sustituto del padre, un sustituto de la madre”.

La palabra griega usada en el Nuevo Testamento para la Fe es “pistis”, que significa “lealtad, confianza, creencia en la verdad de algo, creo; una cierta clase de creencia con la idea predominante de estar seguro de alguien o confiar en alguien”. Palabra que a su vez deriva de la raíz de la palabra “peithō”, que significa “creer, confiar, tener confianza, estar seguro de alguien, tener fe en algo”.

En ambos casos está presente la idea de fiel y fe en algo o en alguien basado en una confianza sólida y fundada.

En la carta a los Hebreos encontramos la definición de fe: La fe es “la certeza de lo que se espera, la convicción de los que no se ve” (Heb 11,1) Así que para los creyentes, la fe es aceptar la revelación de Dios que nos llega por la Sagrada Escritura y la Tradición viva de la Iglesia.

La fe en Dios se basa en conocerlo y en establecer una relación sólida y duradera con Él. Cuando conocemos bien a alguien y sabemos que él es serio y confiable, entonces podemos tener fe en él o ella. Lo mismo sucede cuando conocemos a Dios y establecemos una relación con Él: aprendemos a conocerlo más y más profundamente con el tiempo y nos damos cuenta de que Él es serio y confiable, y por lo tanto podemos estar seguros de que Dios es un terreno seguro donde aterrizar y un lugar seguro donde refugiarse y es un Padre protector y amoroso que salvaguarda y defiende a sus hijos y mantiene su Palabra con ellos.

La fe en Dios no crece en las cosas fuera de nosotros mismos, crece dentro de cada uno, en la experiencia personal, conociendo su Verdad y su Palabra.

A través de la Escritura, aprendemos a conocer a Dios, el conocimiento y la fe son directamente proporcionales. Nuestra relación con Dios se vuelve más profunda y al mismo tiempo, la fe se convierte en la sustancia y la estructura básica de la Verdad y la salvación en la que esperamos y que sabemos con certeza que recibiremos como hijos de Dios.

En la Biblia encontramos modelos de fe que se fiaron de la Palabra que los llamó a arriesgar toda su vida por el proyecto divino. Escucharon la palabra que los llevó a lo desconocido en medio de todas las dificultades, pero pusieron su confianza e hicieron experiencia de relación con Dios. La Escritura destaca: a Abrahán, “que tuvo fe en Dios” (Rm 4,3) y siempre obedeció su llamada, por esto se convirtió en “padre de todos los creyentes” (Rm 4, 11.18). Y destaca a María, quien ha realizado de modo más perfecto, durante toda su vida, la obediencia en la fe “hágase en mi según tu palabra” (Lc 1,38).

La perfección de la fe es visible en Jesús, nuestro Maestro, cuando él como el siervo fiel, toma el camino a Jerusalén para obedecer hasta su muerte (Fil 2,7-8): “tomó la firme decisión de ir allá” (Lc 9,51) para cumplir así con su misión.

LA RESURRECCIÓN

La palabra griega que en la Biblia se traduce como “resurrección” es anástasis, y es definida como “la acción de levantarse de nuevo”. Cuando una persona resucita es como si se levantara de nuevo, como si volviera a la vida con la misma personalidad que tenía antes de morir (1 Corintios 15,12, 13).

La palabra resurrección no se encuentra en el Antiguo Testamento, o más bien, en las escrituras judías. Sin embargo, en esa parte de la Biblia, hablamos de la esperanza de la resurrección. Por ejemplo, a través del profeta Oseas, Dios prometió: “... los arrancaré de la mano del infierno, los redimiré de la muerte” (Isaías 26,19; Daniel 12, 2,13)

1. EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

El Catecismo de la Iglesia Católica en la parte que dedica a la Profesión de fe, presenta de forma muy clara el evento de la resurrección y lo que significó para los primeros discípulos de Jesús este misterio y cómo la Iglesia lo ha asumido y es la fe que profesamos cuando proclamamos que:

“Jesucristo al tercer día resucitó de entre los muertos”[3].

[639] El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce” (1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).

EL SEPULCRO VACÍO

[640] “¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). “El discípulo que Jesús amaba” (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo” (Jn 20, 6) “vio y creyó” (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).

LAS APARICIONES DEL RESUCITADO

[641] María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10; Jn 20, 11-18). Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc 24, 34).

[642] Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles —y a Pedro en particular— en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los Apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y de los que la mayor parte aún vivían entre ellos. Estos “testigos de la Resurrección de Cristo” (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los Apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

[643] Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él de antemano (cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos (“la cara sombría” Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y “sus palabras les parecían como desatinos” (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua “les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16, 14).

[644] Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). “No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados” (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, “algunos sin embargo dudaron” (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un “producto” de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació —bajo la acción de la gracia divina— de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

EL ESTADO DE LA HUMANIDAD RESUCITADA DE CRISTO

[645] Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o “bajo otra figura” (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).

[646] La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial” (cf. 1 Co 15, 35-50).

LA RESURRECCIÓN COMO ACONTECIMIENTO TRANSCENDENTE

[647] “¡Qué noche tan dichosa —canta el Exultet de Pascua—, sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!”. En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los Apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14, 22) sino a sus discípulos, “a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo” (Hch 13, 31).

2. LA PALABRA DEL FUNDADOR, BEATO P. SANTIAGO ALBERIONE[4]

PASCUA DE RESURRECCIÓN

«Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad» (1Cor 5,7-8).

1° Pascuas cotidianas. Los hebreos celebraban cada año, según la ley mosaica, la pascua, o sea el recuerdo del paso de la esclavitud de Egipto a la tierra prometida. En tal aniversario Jesucristo pasó de este mundo al Padre; y la Pascua cristiana sustituye a la pascua hebrea. Los apóstoles y sus sucesores[5] la celebraron del Jueves santo al domingo, según el mandato de Jesús: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19).

La Misa, poco a poco, pasó a ser diaria. Hoy, con los casi cuatrocientos mil sacerdotes, hay en el mundo más de cuatro misas cada segundo. Todos los fieles que, con su fe y amor, se asocian a estas consagraciones y comuniones, pueden siempre pasar de una vida menos perfecta a otra más perfecta. Es el verdadero fin de la Misa, al consumirse el auténtico Cordero, del que era una figura el cordero comido por los hebreos.

La Misa es el cotidiano, perpetuo y propio sacrificio de cada instante: aplaca la justicia de Dios y trae un gran fruto a cada alma. Es de desear que todo cristiano participe en ella a menudo, incluso diariamente.

2° Jesucristo, por su resurrección, venció a la muerte y al infierno; esto indica que nosotros debemos vencer al demonio y dar muerte al pecado. Jesucristo, resucitando, dio la más luminosa prueba de su divinidad; es necesario ser Dios para poder hablar y obrar como Jesús («Puedo entregar mi vida y puedo recuperarla») según su voluntad.

La solemnidad mayor del año es la Pascua. Tiempo atrás, se bautizaba especialmente en el día de sábado santo y en Pascua, para significar que con Cristo se resurgía del pecado a la vida sobrenatural. Hoy insistimos especialmente para que todos los fieles se confiesen y resurjan del pecado. Se trata siempre de imitar a Jesucristo que venció a la muerte y recobra la vida; vida gloriosa, impasible, inmortal, celestial. Así pues, la Pascua es una renovación, una elevación, una gozada espiritual.

3° El tiempo pascual se abre el Sábado santo y se cierra el sábado sucesivo a la fiesta de Pentecostés. En la Misa de hoy Cristo rinde homenaje al Padre que le ha resucitado; y la Iglesia agradece al Hijo que nos ha vuelto a abrir le puertas del cielo. Así como los hebreos comían el cordero con pan ácimo (no fermentado), igualmente el cristiano coma el pan eucarístico sin pecado y sin afecto al pecado.

Evangelio y ofertorio[6] nos presentan a las piadosas mujeres en el sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús; pero encuentran la tumba vacía, y el ángel les anuncia el misterio de la resurrección. Nosotros respondemos: «Resucitó Cristo, mi esperanza... Oh tú, Rey victorioso, ten piedad de nosotros» (Secuencia pascual).

Examen – Como buen hijo de la Iglesia, ¿sigo su invitación a resurgir del pecado, a rehuir las ocasiones de pecado, a alimentar la nueva vida espiritual?

Propósito – Santificaré el tiempo pascual meditando en la resurrección y ascensión de Jesucristo al cielo, e invocando por medio del Espíritu Santo los frutos de la redención.

Oración – «Oh Dios, que iluminas esta noche santa con la gloria de la resurrección del Señor, aviva en tu Iglesia el espíritu filial, para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio».

«Oh Dios, que en este día, derrotada la muerte por medio de tu Unigénito, nos has vuelvo a abrir las puertas de la eternidad, lleva a cumplimiento nuestros deseos que tú mismo has inspirado previniéndonos con tu gracia».

«Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la pascua.

Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?».

«A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja.

¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la pascua».

Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa». Amén.

 

3. PARA REFLEXIONAR

  • ¿Cómo está mi fe?
  • ¿Cómo manifiesto mi adhesión a Dios según mi estado de vida?
  • ¿Es Cristo Maestro y Pastor el modelo y el centro de mi fe? ¿Por qué?
  • ¿Dejo que la resurrección de Jesús afecte mi vida personal, familiar y comunitaria?
  • ¿Cómo y dónde viviré los días santos?
  • ¿Qué importancia doy a las celebraciones?
  • ¿Cuál puede ser un signo alegre de resurrección que manifieste mi fe?

¡Dejémonos iluminar por la Resurrección de Cristo, dejémonos transformar por su fuerza, para que, también a través de nosotros, en el mundo los signos de muerte dejen lugar a los signos de la vida! Y que como Familia Paulina reavivemos cada día el don que hemos recibido.

CENTRO DE ESPIRITUALIDAD PAULINA, MÉXICO-CUBA

 


[1] Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma de 2019.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, (CEC) 638.

[3] 3 CEC 639-647.

[4] ALBERIONE, S., Breves meditaciones para cada día del año, San Pablo, Roma 2008, 627-629. (Breves Meditaciones del P. Alberione son uno de los frutos más jugosos de aquel fertilísimo año de gracia que fue el 1948: año bendecido por el pontificio “decretum laudis” de Pío XII (12 de enero), que aprobaba oficialmente la fundación y las Constituciones de las Pías Discípulas del Divino Maestro).

[5] Es decir, la trasladaron del Jueves santo al domingo.

[6] El evangelio se tomaba de Mc 16,1-7, y del Sal 76/75,9-10 la antífona del ofertorio.

 

Volver a noticias