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30 MAY

Pautas de Retiro – junio 2019

Tema: "Pedro y Pablo en la Vocación Paulina"
Pautas de Retiro – junio 2019

Pautas de Retiro – junio 2019 "Pedro y Pablo en la Vocación Paulina"

I. INTRODUCCIÓN 

Las figuras de los santos Pedro y Pablo en la vocación Paulina son pilares por su forma de seguimiento a Cristo. Acerquémonos al modo de hablar y modo de actuar de estos grandes Apóstoles para deducir qué ejemplo hemos de tomar los miembros de la Familia Paulina en la vivencia de la propia vocación y así, reavivar este precioso don. 

Seguir a Dios es andar por los caminos de Dios. Pedro y Pablo anduvieron el camino que Jesús les indicó. Por eso, como a san Pedro, también Jesús hoy lanza esta invitación o llamada: “ven conmigo, te haré pescador de hombres”. O sea, nos invita a dejar atrás nuestras redes: nuestros miedos y bloqueos, lo que no nos permite crecer, lo que nos impide salir de nosotros mismos, lo que nos aleja de Jesús… Jesús deja que seamos nosotros mismos quienes tómenos la iniciativa, nos deja la libertad de seguirle. Nos invita a seguirlo, dejando nuestras redes atrás ofreciéndonos una vocación. 

La vocación para san Pablo significa adhesión total y sumisión absoluta, es decir, fe y obediencia. San Pablo nos invita a imitarlo en su experiencia de fe en el seguir a Cristo, “Sean mis imitadores, como yo lo soy de Cristo”; en su estilo para encarnar en nuestra vida las grandes enseñanzas de Jesús: es una vocación para amar a Dios y al prójimo. Estas enseñanzas llevan a toda persona a adoptar una vocación e identidad de discípulos y a “no buscarse a sí mismo, sino a revestirse de Cristo y a entregarse con Cristo, compartiendo su muerte y resurrección”. 

II. LA VOCACIÓN DE PEDRO 

El nombre de Cefás impuesto por Jesús a Simón (Mt 16, 18; Jn 1,42; cf. ICor 12; 15,5; Gal 1,18), significa “roca”. Por la gracia de este nuevo nombre Simón Pedro participa de la firmeza duradera y de la fidelidad inquebrantable de Dios y de su Mesías. Esto explica su situación excepcional entre los apóstoles. 

Si Pedro fue escogido, no pudo ser por causa de su personalidad, todo lo simpática que se quiera, o de mérito alguno (¿no negó a su Maestro?). Esta elección gratuita le confirió una grandeza que estriba en la misión que Cristo le confió y que él debía desempeñar en la fidelidad del amor (Jn 21,15ss). 

San Pedro fue llamado por Jesús a “seguirle”, si no el primero, por lo menos uno de los primeros (Jn 1,35-42). Los Sinópticos tienen incluso tendencia a trasponer en el tiempo el primado de Pedro y a ver en él el primer discípulo llamado (Mt 4,18-22). Sea de ello lo que fuere, Pedro tiene un puesto preeminente entre los discípulos, a la cabeza de las listas de los apóstoles (Mt 10,2) o del grupo de los tres privilegiados (Mt 17,1); en Cafarnaúm se alojó Jesús ordinariamente en casa de Pedro (Mc 1,29); en los momentos más solemnes responde él en nombre de todos (Mt 16,16; Jn 6,68); el mensaje confiado por los ángeles de la resurrección a las santas mujeres (Mc 16,7) comporta una mención especial de Pedro; Juan le hace entrar el primero en el sepulcro (Jn 20,1-10); finalmente, y sobre todo, Cristo resucitado aparece a Cefás antes de manifestarse a los Doce (Lc 24,34; ICor 15,5). En todas partes en el NT se pone de relieve esta preeminencia de Pedro. 

Según el actuar trazado por Jesús resucitado (Hech 1,8). El papel activo y directivo de la vocación de Pedro aparece desde el principio dentro del grupo de los discípulos, los cuales representan la continuidad entre Jesús y la Iglesia. Por eso es preciso sustituir a Judas, el traidor, mediante la elección de Matías. Y es Pedro el que toma la palabra para proponer a la pequeña asamblea electiva la función “testimonial” de los apóstoles, garantes de la continuidad histórico-espiritual de Jesús (Hech 1,15-26). La predicación de Pedro concluye con una llamada a la conversión, que da origen a la primera comunidad cristiana en Jerusalén (Hech 2,38-41). 

III. LA VOCACIÓN DE PABLO 

En el camino a Damasco, por una experiencia extraordinaria de Jesús resucitado, Pablo se convirtió en apóstol de los gentiles. La conversión de Pablo es narrada en el libro de los Hechos 3 veces: 9,3-9; 22,6-11 y 26,12-18. En las cartas Pablo la nombra como algo conocido por todos y por lo tanto no entra en detalles: “Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, (...)” (Gal 1,15-16). 

“¿No soy yo libre? ¿No soy yo apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro? ¿No son ustedes mi obra en el Señor?” (1 Cor 9,1). 

“Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, que soy como un aborto. Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la iglesia de Dios.” (1 Cor 15,7-9). 

La consecuencia de esta revelación es que Pablo adquiere el carácter de apóstol por voluntad del Señor, con la misma misión y derecho que los que acompañaron a Jesús (1 Cor 15,8-10; Gal 1,8: 2,11.14; 1 Cor 4,15.19.21; 2 Cor 10,4-6.8; 13,10). 

Puesto que el evangelio no es una teoría, sino un modo de existir, Pablo sabe que tiene que transmitirlo con su misma existencia, “en el ejercicio” de lo que lleva consigo. Los dos términos principales que se usan en este contexto son “modelo” e “imitador”: 

“Les suplico que sigan mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo” (1Cor 4, 16; cf. 1Tes 1,6; Flp 4,9; 2Tes 3,7). “Sean mis imitadores como yo soy de Cristo” (1Cor 11,1). 

IV. EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA 

Aprendiendo de la pastoralidad del Beato Padre Santiago Alberione, que siempre prestó atención a las enseñanzas de los papas, no hemos de quedar indiferentes a las enseñanzas de nuestro pontífice el Papa Francisco, pues decía el fundador: 

Nosotros debemos llevar siempre las almas al cielo, pero debemos llevar no a las almas que vivieron hace diez siglos, sino a las que viven hoy. Debemos considerar el mundo y los hombres como son hoy, para hacer el bien hoy[1]

Y a proposito de la romanidad de san Pedro: Por ello la Santa Sede emanaba continuamente documentos invitando a los católicos a ponerse a la altura de los nuevos cometidos. Al tiempo que se advertían muchos espíritus indolentes e inconsiderados, los católicos y el clero [eran] conscientes y actuaban sagazmente según las directrices papales. Estas cosas y experiencias, meditadas ante el Santísimo Sacramento, maduraron la persuasión: siempre, solamente y en todo, la romanidad. Todo había servido de escuela y de orientación. No hay salvación fuera de ella; no se requieren otras pruebas para demostrar que el Papa es el gran faro encendido por Jesús a la humanidad, para todos los siglos. Los primeros miembros emitían un cuarto voto: «obediencia al Papa en lo referente al apostolado», como actitud de servicio al Vicario de Jesucristo[2]

En este mes de junio invitamos a leer y reflexionar el Mensaje del santo padre Francisco para la 53 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales[3] «“Somos miembros unos de otros” (Ef 4,25). De las Comunidades en las redes sociales a la Comunidad humana». 

Queridos hermanos y hermanas: 

Desde que internet ha estado disponible, la Iglesia siempre ha intentado promover su uso al servicio del encuentro entre las personas y de la solidaridad entre todos. Con este Mensaje, quisiera invitarles una vez más a reflexionar sobre el fundamento y la importancia de nuestro estar-en-relación; y a redescubrir, en la vastedad de los desafíos del contexto comunicativo actual, el deseo del hombre que no quiere permanecer en su propia soledad. 

Las metáforas de la “red” y de la “comunidad” 

El ambiente mediático es hoy tan omnipresente que resulta muy difícil distinguirlo de la esfera de la vida cotidiana. La red es un recurso de nuestro tiempo. Constituye una fuente de conocimientos y de relaciones hasta hace poco inimaginable. Sin embargo, a causa de las profundas transformaciones que la tecnología ha impreso en las lógicas de producción, circulación y disfrute de los contenidos, numerosos expertos han subrayado los riesgos que amenazan la búsqueda y la posibilidad de compartir una información auténtica a escala global. Internet representa una posibilidad extraordinaria de acceso al saber; pero también es cierto que se ha manifestado como uno de los lugares más expuestos a la desinformación y a la distorsión consciente y planificada de los hechos y de las relaciones interpersonales, que a menudo asumen la forma del descrédito. 

Hay que reconocer que, por un lado, las redes sociales sirven para que estemos más en contacto, nos encontremos y ayudemos los unos a los otros; pero por otro, se prestan también a un uso manipulador de los datos personales con la finalidad de obtener ventajas políticas y económicas, sin el respeto debido a la persona y a sus derechos. Entre los más jóvenes, las estadísticas revelan que uno de cada cuatro chicos se ha visto envuelto en episodios de acoso cibernético. 

Ante la complejidad de este escenario, puede ser útil volver a reflexionar sobre la metáfora de la red que fue propuesta al principio como fundamento de internet, para redescubrir sus potencialidades positivas. La figura de la red nos invita a reflexionar sobre la multiplicidad de recorridos y nudos que aseguran su resistencia sin que haya un centro, una estructura de tipo jerárquico, una organización de tipo vertical. La red funciona gracias a la coparticipación de todos los elementos. 

La metáfora de la red, trasladada a la dimensión antropológica, nos recuerda otra figura llena de significados: la comunidad. Cuanto más cohesionada y solidaria es una comunidad, cuanto más está animada por sentimientos de confianza y persigue objetivos compartidos, mayor es su fuerza. La comunidad como red solidaria precisa de la escucha recíproca y del diálogo basado en el uso responsable del lenguaje. 

Es evidente que, en el escenario actual, la social network community no es automáticamente sinónimo de comunidad. En el mejor de los casos, las comunidades de las redes sociales consiguen dar prueba de cohesión y solidaridad; pero a menudo se quedan solamente en agregaciones de individuos que se agrupan en torno a intereses o temas caracterizados por vínculos débiles. Además, la identidad en las redes sociales se basa demasiadas veces en la contraposición frente al otro, frente al que no pertenece al grupo: este se define a partir de lo que divide en lugar de lo que une, dejando espacio a la sospecha y a la explosión de todo tipo de prejuicios (étnicos, sexuales, religiosos y otros). Esta tendencia alimenta grupos que excluyen la heterogeneidad, que favorecen, también en el ambiente digital, un individualismo desenfrenado, terminando a veces por fomentar espirales de odio. Lo que debería ser una ventana abierta al mundo se convierte así en un escaparate en el que exhibir el propio narcisismo. 

La red constituye una ocasión para favorecer el encuentro con los demás, pero puede también potenciar nuestro autoaislamiento, como una telaraña que atrapa. Los jóvenes son los más expuestos a la ilusión de pensar que las redes sociales satisfacen completamente en el plano relacional; se llega así al peligroso fenómeno de los jóvenes que se convierten en “ermitaños sociales”, con el consiguiente riesgo de apartarse completamente de la sociedad. Esta dramática dinámica pone de manifiesto un grave desgarro en el tejido relacional de la sociedad, una laceración que no podemos ignorar. 

Esta realidad multiforme e insidiosa plantea diversas cuestiones de carácter ético, social, jurídico, político y económico; e interpela también a la Iglesia. Mientras los gobiernos buscan vías de reglamentación legal para salvar la visión original de una red libre, abierta y segura, todos tenemos la posibilidad y la responsabilidad de favorecer su uso positivo. 

Está claro que no basta con multiplicar las conexiones para que aumente la comprensión recíproca. ¿Cómo reencontrar la verdadera identidad comunitaria siendo conscientes de la responsabilidad que tenemos unos con otros también en la red? 

“Somos miembros unos de otros” 

Se puede esbozar una posible respuesta a partir de una tercera metáfora, la del cuerpo y los miembros, que san Pablo usa para hablar de la relación de reciprocidad entre las personas, fundada en un organismo que las une. «Por lo tanto, dejaos de mentiras, y hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros» (Ef 4,25). El ser miembros unos de otros es la motivación profunda con la que el Apóstol exhorta a abandonar la mentira y a decir la verdad: la obligación de custodiar la verdad nace de la exigencia de no desmentir la recíproca relación de comunión. De hecho, la verdad se revela en la comunión. En cambio, la mentira es el rechazo egoísta del reconocimiento de la propia pertenencia al cuerpo; es el no querer donarse a los demás, perdiendo así la única vía para encontrarse a uno mismo. 

La metáfora del cuerpo y los miembros nos lleva a reflexionar sobre nuestra identidad, que está fundada en la comunión y la alteridad. Como cristianos, todos nos reconocemos miembros del único cuerpo del que Cristo es la cabeza. Esto nos ayuda a ver a las personas no como competidores potenciales, sino a considerar incluso a los enemigos como personas. Ya no hay necesidad del adversario para autodefinirse, porque la mirada de inclusión que aprendemos de Cristo nos hace descubrir la alteridad de un modo nuevo, como parte integrante y condición de la relación y de la proximidad. 

Esta capacidad de comprensión y de comunicación entre las personas humanas tiene su fundamento en la comunión de amor entre las Personas divinas. Dios no es soledad, sino comunión; es amor, y, por ello, comunicación, porque el amor siempre comunica, es más, se comunica a sí mismo para encontrar al otro. Para comunicar con nosotros y para comunicarse a nosotros, Dios se adapta a nuestro lenguaje, estableciendo en la historia un verdadero diálogo con la humanidad (cf. Conc. Ecum. Vat. II, DV 2). 

En virtud de nuestro ser creados a imagen y semejanza de Dios, que es comunión y comunicación-de-sí, llevamos siempre en el corazón la nostalgia de vivir en comunión, de pertenecer a una comunidad. «Nada es tan específico de nuestra naturaleza –afirma san Basilio– como el entrar en relación unos con otros, el tener necesidad unos de otros». 

El contexto actual nos llama a todos a invertir en las relaciones, a afirmar también en la red y mediante la red el carácter interpersonal de nuestra humanidad. Los cristianos estamos llamados con mayor razón, a manifestar esa comunión que define nuestra identidad de creyentes. Efectivamente, la fe misma es una relación, un encuentro; y mediante el impulso del amor de Dios podemos comunicar, acoger, comprender y corresponder al don del otro. 

La comunión a imagen de la Trinidad es lo que distingue precisamente la persona del individuo. De la fe en un Dios que es Trinidad se sigue que para ser yo mismo necesito al otro. Soy verdaderamente humano, verdaderamente personal, solamente si me relaciono con los demás. El término persona, de hecho, denota al ser humano como ‘rostro’ dirigido hacia el otro, que interactúa con los demás. Nuestra vida crece en humanidad al pasar del carácter individual al personal. El auténtico camino de humanización va desde el individuo que percibe al otro como rival, hasta la persona que lo reconoce como compañero de viaje. 

Del “like” al “amén” 

La imagen del cuerpo y de los miembros nos recuerda que el uso de las redes sociales es complementario al encuentro en carne y hueso, que se da a través del cuerpo, el corazón, los ojos, la mirada, la respiración del otro. Si se usa la red como prolongación o como espera de ese encuentro, entonces no se traiciona a sí misma y sigue siendo un recurso para la comunión. Si una familia usa la red para estar más conectada y luego se encuentra en la mesa y se mira a los ojos, entonces es un recurso. Si una comunidad eclesial coordina sus actividades a través de la red, para luego celebrar la Eucaristía juntos, entonces es un recurso. Si la red me proporciona la ocasión para acercarme a historias y experiencias de belleza o de sufrimiento físicamente lejanas de mí, para rezar juntos y buscar juntos el bien en el redescubrimiento de lo que nos une, entonces es un recurso. 

Podemos pasar así del diagnóstico al tratamiento: abriendo el camino al diálogo, al encuentro, a la sonrisa, a la caricia... Esta es la red que queremos. Una red hecha no para atrapar, sino para liberar, para custodiar una comunión de personas libres. La Iglesia misma es una red tejida por la comunión eucarística, en la que la unión no se funda sobre los “like” sino sobre la verdad, sobre el “amén” con el que cada uno se adhiere al Cuerpo de Cristo acogiendo a los demás. 

V. DE LOS ESCRITOS DEL FUNDADOR 

San Pablo, el santo de la universalidad. La admiración y devoción brotaron especialmente del estudio y meditación de la Carta a los Romanos. Desde entonces su personalidad y santidad, su corazón e intimidad con Jesús, su obra en dogmática y moral, la huella dejada en la organización de la Iglesia y su celo por todos los pueblos, fueron temas de meditación. Vio en Pablo verdaderamente al Apóstol; por consiguiente, todo apóstol y todo apostolado podían aprehender de él[4]. “San Pablo apóstol es nuestro padre, maestro y protector. Él nos lo ha hecho todo. ...La vida de la Familia Paulina viene de la Eucaristía, pero comunicada por san Pablo. San Pablo apóstol es el verdadero fundador de la institución. En efecto, él es el padre, maestro, modelo y protector. Él se formó esta familia con una intervención espiritual y hasta física, que ni siquiera ahora, reflexionando, se puede comprender bien, y mucho menos explicar. ... Las cosas no han ido como cuando se elige un protector para una persona o una institución. No es que nosotros hayamos elegido a san Pablo, ha sido él quien nos ha elegido a nosotros. La Familia Paulina debe ser san Pablo vivo hoy, según la mente del Maestro divino, actuando bajo la mirada y con la gracia de María Regina Apostolorum” [5]

A continuación, proponemos la meditación para el undécimo día cuaderno manuscrito, que constituye la base del libro publicado en 1925 con el título “Un mes a san Pablo”. El manuscrito del P. Alberione se remonta a 1918, nosotros lo tenemos en la Opera Omnia con el título: El Apóstol Pablo, inspirador y modelo. 

LA MISIÓN DE SAN PABLO[6] 

1. El Señor, al crearnos, asigna a cada uno un puesto en el mundo, una carrera en la vida, una vocación especial. Y según esta vocación especial, Dios da a cada cual las inclinaciones y aptitudes convenientes, preparando asimismo todo el conjunto de gracias necesarias para la tarea especial. Entre las principales y nobles carreras y misiones, es principalísima y nobilísima la destinada a salvar almas. Con ella se ejerce el altísimo y delicadísimo oficio de Jesús Salvador, llegando a ser cooperadores, como escribe san Pablo, del Dios que es amante de las almas: «Deus, qui amas ánimas». Y la parte más importante de esta misión está confiada a quienes trabajan para la Buena Prensa. 

San Pablo exaltaba precisamente esta misión de salvar almas cuando decía: «Pro Christo legatione fúngimur», somos los embajadores de Jesucristo (Cf 1Cor 4,1). 

2. El Señor llamó a san Pablo a esta tarea tan alta. 

Habiéndolo sacudido en el camino de Damasco, advirtió a Ananías para que fuese a instruirle y bautizarle. Ananías objetó: Pero, Señor, ese tal ha venido aquí para acabar con todos los cristianos. – Y el Señor: Vete tranquilo y no temas, pues este hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a los gentiles ante reyes y ante los hijos de Israel. Por eso le haré ver cuánto deberá trabajar por mí. 

Y el Señor le había dotado de todas las aptitudes de un apóstol. 

Pablo era de buen aspecto; de complexión robusta, aunque pequeño de estatura; de carácter sanguíneo y fogoso, como daba a ver su rostro blanco y su cabeza pequeña y bien pronto calva; tenía una mirada penetrante y vivacísima; un aire dulce y afable; era de ingenio selecto, de voluntad indomable, de virtud heroica, de elocuencia irresistible, de corazón generoso, de ciencia vastísima, de espíritu pronto, de una adaptabilidad singular. 

Estaba dotado también de dones extraordinarios: profecía, como cuando predice males a algunos obstinados, y milagros, que obró en gran número. 

3. ¿A qué tarea, a qué misión nos ha llamado el Señor? Ante todo, conviene recurrir frecuentemente a él para conocer lo que quiere de nosotros; es decir, hacer como san Pablo, que en el camino de Damasco pregunta: Señor, ¿qué quieres que haga? Hay que rezar así especialmente después de la santa comunión. 

En segundo lugar, veamos si en nosotros se dan las señales de la vocación, o sea una virtud a toda prueba, alimentada por una piedad sabrosa y viva, fundada en una humildad de niño, sostenida por una fe inamovible. Este estudio se requiere también en quien pretende darse a la tarea de escritor, oficio que hoy en día exige mucho saber; amor a esta vida de sacrificio, movida, llena de aventuras, expuesta a todas las críticas y a muchas contradicciones, que está destinada a la salvación de muchos y que concluirá con una gran gloria en el cielo. ¿Correspondemos a tal vocación con el estudio, con la piedad, trabajando gustosamente por la Buena Prensa? 

VI. PARA REFLEXIONAR 

La forma de responder al llamado que Jesús me ha hecho, ¿en qué se puede asemejar a las respuestas de san Pedro y san Pablo? ¿Cómo estos grandes Apóstoles animan nuestra vocación especifica? 

Como forma de profundización del mensaje del papa Francisco, preguntarnos: ante esta nueva comunicación en redes ¿Cómo actuaría san Pablo hoy? ¿Qué postura y características debe tener nuestra comunidad ante las redes sociales? ¿A qué tipo de comunicación esta llamada la Familia Paulina? 

ORACIÓN 

Te bendigo, Jesús buen Pastor, 

porque formaste en Pedro y Pablo a los dos máximos pastores de tu Iglesia 

y por su ministerio has salvado a innumerables hermanos. 

Y ustedes, santos apóstoles, 

Intercedan por mí para que alcance el don de la conversión 

y un gran amor a mi vocación. 

Santos apóstoles Pedro y Pablo, 

rueguen por nosotros y por la Iglesia de Jesucristo. 

CENTRO DE ESPIRITUALIDAD PAULINA, MÉXICO-CUBA

 

 


[1] ATP 93  

[2] AD 55-57  

[3] https://sanpablo.com.mx/noticias/53-jornada-mundial-de-las-comunicaciones-sociales_14

[4] SANTIAGO ALBERIONE, Abundantes Divitiæ Gratiæ Suæ, n 64.

[5] SP, julio-agosto 1954; cf. CSP 145.147.   

[6] APim 77-78.  

 

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